José Gallegos y Matías Knudsen coincidieron en la pasión por el squash y la mística de los Juegos Suramericanos

El atleta chileno y el representante colombiano compartieron sus historias de vida, la complejidad de la disciplina y el valor de representar a sus países tras superar lesiones, sacrificios personales y un alto nivel de competencia.

Para ambos deportistas, el ingreso al squash fue una transición natural impulsada por la curiosidad, el entorno familiar y las ganas de recorrer el mundo. «Empecé a los 11 años por mi papá, en una época en la que no hacía mucho deporte. Él jugaba al racquetbol y un día en mi pequeño pueblo abrieron una cancha de squash. Lo que me atrapó fue la adrenalina, la cantidad de amagues y la variedad de tiros que te podés inventar. Es muy divertido, se corre demasiado y, aunque a veces te estresas, lo disfrutas mucho», contó Andrea Fuertes.

Por su parte, Cristhiam Roldán recordó la particular motivación que lo llevó a inclinarse por esta disciplina: «prácticamente lo hice porque me dijeron que con el squash iba a viajar más y a conocer más países”.

 

“Me encanta entrar a la cancha y salir habiendo gastado dos remeras de tanto transpirar. Me fascina cómo cada rival tiene una estructura de juego diferente», agregó el atleta.

 

Caídas, aprendizaje y crecimiento personal

 

El camino hacia el alto rendimiento exigió sobreponerse a derrotas abrumadoras y a procesos de entrenamiento exigentes que moldearon su carácter competitivo. «En mi primer torneo internacional Junior en Perú tuve una dura caída y me frustré. Pero empecé a entrenar más duro, a agarrarle la maña, y te das cuenta de que podés mejorar esforzándote», rememoró Fuertes sobre sus difíciles comienzos en el circuito.

 

Roldán también reflexionó sobre la evolución de sus metas desde la infancia: «si mi yo de 12 años ve todo esto ahora, no se lo cree. Uno empieza jugando con amigos para que no le ganen, pero de a poco la competitividad fue creciendo y las oportunidades se fueron dando».

 

La calidez rosarina y la mística de la Villa


Más allá de la exigencia en el campo de juego, la estadía en Rosario significó un capítulo muy especial para la delegación boliviana, que destacó el intercambio cultural y el trato recibido por parte de los organizadores y los vecinos.

 

Para Andrea, estos Juegos sirvieron además para amigarse con el país tras una vivencia desafortunada del pasado: «personalmente tenía un recuerdo feo porque hace unos tres años en Mar del Plata me desgarré en mi primer partido y pensaba que Argentina tenía algo en contra mío. Ahora veo que no es así, estoy amando a la gente de acá, es muy amable y cálida. Rosario está increíble y los voluntarios están haciendo un trabajo excelente. Con el intercambio de pines te das cuenta del cariño de la gente; para los próximos juegos me voy a traer muchos pines de Bolivia para que todos se lleven un lindo recuerdo».

 

Finalmente, Cristhiam valoró el formato del evento y la posibilidad de convivir con atletas de todas las disciplinas: «estar todos los países juntos en la Villa, con el Museo del Deporte y tener todas las disciplinas concentradas en el Parque de la Independencia es un plus enorme. Te permite hacer amigos dentro y fuera de la cancha. No solo se acerca la gente de las delegaciones, sino también el voluntariado, la prensa y los vecinos con mucha calidez. Se siente lindo transmitir lo mucho que nos gusta este deporte».
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El atleta chileno y el representante colombiano compartieron sus historias de vida, la complejidad de la disciplina y el valor de representar a sus países tras superar lesiones, sacrificios personales y un alto nivel de competencia.

 

El cuadro de squash en los Juegos Suramericanos de Rosario vibra al ritmo de historias de superación, entrega y reencuentro deportivo. Entre las figuras destacadas del certamen sobresalen el chileno José Gallegos y el colombiano Matías Knudsen, dos referentes continentales que compartieron los hitos de sus carreras, los sacrificios del alto rendimiento y la fraternidad que caracteriza a la disciplina en la región.

 

Una historia de superación

 

Para el chileno la relación con la raqueta comenzó como una costumbre familiar que terminó transformándose en su vocación de vida. La convivencia deportiva con sus hermanos fortaleció sus vínculos afectivos y despertó una pasión que lo acompaña desde muy joven.

 

«Comencé a jugar a los siete años porque mi padre iba a entrenar los fines de semana a un club de gimnasio. El único lugar que había para que nos quedáramos mis hermanos y yo eran las canchas de squash. El hecho de compartir con ellos un deporte que nos uniera nos hizo más cercanos y me llevó a amar esta disciplina. Mi primer viaje fue a los diez años y ahí me fasciné profundamente con el ambiente, el cariño de la gente y lo difícil que es este deporte», recordó Gallegos.

 

Al momento de definir la exigencia técnica del squash, el deportista apeló a una metáfora impactante: «es intensidad. Hay que estar muy consciente; es como un ajedrez, pero a 200 pulsaciones por minuto”.

 

El camino a Rosario no fue sencillo, ya que debió sobreponerse a una severa complicación física en el exterior: «ha sido un recorrido muy largo y desde pequeño soñé con estar en mega eventos representando a mi país; es de las mejores sensaciones de mi vida. Perdí esa posibilidad durante dos años porque estuve lesionado cuando vivía en Praga, República Checa, por una lesión muy grave en la muñeca. Hoy puedo decir que estoy de vuelta y me siento muy contento».

 

Sobre el entorno que lo acompaña y la vivencia en Argentina, concluyó: «Si tuviera que elegir a las personas para que estén conmigo en la cancha, sin duda elijo a mi familia, a mis amigos —que entienden que no es fácil tener un amigo deportista— y a mi novia. En Rosario se vive un ambiente increíble con la gente muy cercana».

 

Sacrificio y convicción

 

Por su parte, el colombiano Matías Knudsen recordó cómo un día de lluvia cambió para siempre su destino deportivo, alejándolo de la raqueta de tenis para llevarlo al recinto de paredes cerradas. «Yo jugaba todos los deportes cuando empecé y en el sitio donde entrenaba comencé con tenis. Ahí mi papá una vez me llevó a jugar squash porque empezó a llover, y desde ese día me encantó. Nunca me fui», relató el atleta cafetero.

 

A la hora de analizar la complejidad de su disciplina, Knudsen señaló que el arbitraje y el reglamento son los aspectos más difíciles de asimilar: «lo más complejo de explicar son las decisiones, el let y el stroke, porque son resoluciones muy subjetivas que dependen 100% del referí. Es algo a lo que hay que acostumbrarse e incluso a nosotros nos cuesta entender las decisiones a veces, pero cada referí tiene su manera de entender el juego».

 

El camino hacia el profesionalismo requirió importantes renuncias personales durante su juventud, una elección que con el tiempo cobró pleno sentido: «tuve que resignar cosas, como el viaje de graduación o paseos familiares, para ir a un torneo. Elegir el squash es muy difícil, pero más tarde en la vida me di cuenta de que era 100% la decisión correcta, solo necesitaba tiempo para entenderlo. Hoy estar acá representando a Colombia es el sueño más grande».

 

Respecto a la convivencia en la Villa Suramericana y el nivel de exigencia en Rosario, el colombiano destacó el clima de hermandad que se genera entre los atletas. Valoró especialmente compartir el día a día con deportistas de distintos países, verlos celebrar los logros de otros y sentirse acompañado en un ambiente que, según explicó, no siempre forma parte de la vida cotidiana de un atleta. También resaltó el alto nivel de la competencia, al enfrentarse con rivales de jerarquía mundial, y destacó el crecimiento que atraviesa el squash en Sudamérica y la comunidad que se ha formado alrededor de este deporte.

Fuente: Noticias Argentinas