Rumbo al Mundial: la recuperación de los guerreros

Todo hace indicar que Dibu, Cuti, Montiel, Molina, Paredes y Julián llegarán óptimos al debut con Argelia. Tranquilidad para los campeones que van por su segunda estrella.

La Selección Argentina llega al Mundial parada en una contradicción hermosa: con el título todavía fresco en la memoria, pero con varios campeones peleando contra el calendario, el físico y esa última molestia que, a días del debut, puede cambiarlo todo. No llega rota. Llega en modo Mundial: cuidando soldados, recuperando guerreros y administrando una energía que ya no se negocia.


El primer ensayo de Scaloni dejó señales, no sentencias. Rulli apareció en el arco por la pequeña fractura de Emiliano Martínez; Giay y Capaldo miran la escena desde una mezcla lógica de ilusión y realidad; Cuti Romero, Julián Álvarez, Paredes, Messi, Montiel y Molina atraviesan distintos cuidados. Nadie quiere perderse nada. Pero en una Copa del Mundo, a veces, el primer rival no está enfrente: está en el músculo, en la rodilla, en el dedo, en esa línea finísima entre llegar y forzar.


La Selección ya entrenó formalmente en Kansas para los amistosos ante Honduras e Islandia, y Scaloni empezó a mover piezas con ese equilibrio que lo define: competir, sí; regalar jugadores, nunca.


Lo de Dibu resume el espíritu del momento. Entrena, está, acompaña, sostiene la presencia. Pero la mano derecha, con la fractura en el anular, obliga a pensar más en Argelia que en cualquier amistoso. Rulli puede atajar ahora; Musso puede sumar minutos; pero el arco argentino tiene dueño. Y eso también ordena al grupo. En los Mundiales, las jerarquías no se declaman: se sienten. Martínez, aun sin estar al ciento por ciento, sigue siendo una de las columnas emocionales de este ciclo.


El lateral derecho es el lugar donde más se nota la tensión entre el sueño de los nuevos y el peso de los campeones. Capaldo y Giay tienen derecho a ilusionarse. Están ahí, entrenan, compiten y saben que una lista mundialista siempre puede abrir una puerta de golpe. Pero también saben lo que todos saben puertas adentro: si Montiel y Molina llegan, van ellos. No por capricho ni por nombre propio, sino porque son parte de una estructura que ya respondió en la noche más pesada de todas. Montiel pateó el penal de la tercera estrella. Molina fue el lateral del equipo campeón. Esa memoria no juega sola, pero pesa. Y en este grupo pesa para bien.


Scaloni no está armando una Selección nueva: está reconstruyendo, pieza por pieza, la versión más competitiva de una Selección que ya sabe sufrir. Por eso el concepto no es recambio, todavía. Es recuperación. La recuperación de los guerreros. Cuti vuelve a estar a disposición. Julián también. Paredes baja cargas para llegar. Messi se cuida porque ya no se trata de demostrar nada en un amistoso. Cada uno sabe que el verdadero partido empieza el 16 de junio ante Argelia, en Kansas City, en el debut del Grupo J. Después vendrán Austria y Jordania.


Y ahí aparece el otro motor: la historia. Para muchos de estos jugadores, este Mundial no es uno más. Es la posibilidad de ir por su segunda estrella personal, algo que en el fútbol argentino solo consiguió Daniel Passarella, campeón en 1978 y 1986, aunque sin jugar en México por sus problemas físicos durante el torneo. Ese dato, que parece una rareza de archivo, hoy funciona como una zanahoria gigante para una generación que ya ganó todo, pero que todavía tiene una deuda con la eternidad: repetir.


Porque el desafío real no es volver a ser campeón por casualidad. Es sostener el hambre después de haberlo sido. Es que Messi, De Paul, Otamendi, Dibu, Lautaro, Enzo, Alexis, Julián, Paredes, Cuti, Molina, Montiel y compañía vuelvan a sentir que todavía falta algo. Que no alcanza con Qatar. Que una estrella no cierra la historia: la agranda. Argentina no va a Norteamérica a homenajearse. Va a competir.


Por eso el presente de la Selección se parece menos a una alarma y más a una vigilia. Hay tocados, sí. Hay dudas, también. Hay nombres que se ilusionan desde atrás y campeones que corren contra reloj. Pero hay algo más fuerte: un grupo que aprendió a ganar desde el dolor, desde el barro, desde la crítica y desde la obligación. La Scaloneta llega entre algodones, pero con la mirada intacta.


Y cuando un equipo campeón del mundo todavía tiene esa mirada, conviene no darlo por satisfecho.

Fuente: Noticias Argentinas