La amenaza de extinción, el individualismo extremo, la plusvalía y los riesgos de la inteligencia artificial

Para la destacada psicoanalista, la caída de la natalidad no se explica solo por causas económicas: hay fenómenos históricos y sociales que han cambiado la percepción sobre la trascendencia humana.

Siguiendo a Schopenhauer, Freud (Freud, S., “Obras completas”, “Pulsiones y destinos de pulsión” – AE. Vol. XIV, 1979) distinguió las pulsiones de autoconservación, que sirven a la conservación del individuo, de las sexuales, que tienden a la conservación de la especie.


Sin reducir la libido a la perpetuación de la vida, opuso el anhelo de tal trascendencia al interés puramente yoico. Hoy en día parece que tal anhelo se ha debilitado si tenemos en cuenta que los nacimientos en la Argentina cayeron un 47% en la última década según el Ministerio de Salud, fenómeno que de alguna manera se repite a nivel mundial.


¿Cuáles son los factores que contribuyen a que el primun vivere supere el deseo de perpetuarse? Se dirá que tales factores son de índole económica, pero sin negar su incidencia notamos que la negativa a reproducirse crece aun en sujetos que tienen recursos.


Tal como lo plantea la psicoanalista Silvia Tendlarz, vivimos en un tiempo que ya no es solo el de la reproducción asistida, sino además el de la vasectomía asistida dada por el aumento de demandas tanto en los hombres que ya han tenido hijos como en los jóvenes. La ley 26.130 propicia tal decisión ya que establece que a partir de la mayoría de edad se puede acceder de manera gratis y autónoma a la anticoncepción quirúrgica: ligadura tubaria y vasectomía.


La tendencia al desinterés por el más allá del individuo no afecta solo a la reproducción, sino que atañe al mundo que se conforma a lo largo de los últimos siglos. En su libro sobre “La diagonal”, la arquitecta Alicia Aletti (Aletti, A., La Diagonal, Mecenazgo cultural, Buenos Aires ciudad, 2019) se refiere a la solidez y preciosismo de su gran construcción: eran los comienzos del siglo veinte, en los que primaba la visión del futuro.


Bauman asevera que, en la era de la modernidad sólida, esta última parecía obtenerse de una promesa de seguridad a largo plazo; lo líquido, en cambio, conduce al consumismo inmediato.


La seguridad a largo plazo trasciende el individuo, hoy en cambio los materiales no son de calidad persistente, se privilegia el confort a la perdurabilidad. Todo parece más orientado al individuo que a su trascendencia mientras que antaño el valor aumentaba en relación directa con la solidez, permanencia e indestructibilidad de las propiedades en juego.


A principios del siglo XX el “consumismo ostentoso” descrito por Thorstein Veblen tenía un significado completamente distinto al que tiene hoy. Consistía en la exhibición pública de la riqueza sólida y durable y no en una demostración de la facilidad con la que la riqueza ya adquirida puede proporcionar placer inmediato y satisfacción al instante, ya que se la puede gastar, digerir, dilapidar.  Antiguamente, las virtudes y beneficios de la exhibición aumentaban en relación directa con la solidez, permanencia e indestructibilidad de las propiedades en juego. Hoy ya no importa la perpetuación y todo se orienta hacia el individuo, descuidando su más allá.


La tecnología no solo recrudece tal tendencia, sino que la determina en la medida en que separa al sujeto de su relación con los otros. Con el avance de las técnicas reproductivas, la sexualidad se separa de la reproducción en la medida en que la fecundación puede realizarse prescindiendo de la relación entre los cuerpos. 


Tal exclusión del acto sexual exacerba el individualismo como síntoma social, que se destaca a todas luces en muchas de sus manifestaciones. No solo la tasa de natalidad ha disminuido, sino que, además, con el avance de la pornografía muchos sujetos prefieren ese goce solitario a la relación con el partenaire, tal como lo desarrollé en mi libro “El cuerpo pornográfico”.


La pornografía ocupa actualmente un lugar relevante en la vida de muchos sujetos al punto de consumir horas enteras del día y de tener un poder de atracción que supera el de las relaciones sexuales “reales”. 


Si bien su difusión no es reciente (ya en los murales de Pompeya se observan representaciones pornográficas; aquí nos centramos en su difusión y en sus características en la era digital), ya que se remonta a la aparición de la fotografía —la pornografía, tal como la conocemos hoy, surgió con la aparición de la fotografía y del cine porno, y experimentó un ‘boom’ después de la Segunda Guerra Mundial, gracias a las cámaras de 8 mm— y de la publicidad, lo nuevo es la facilidad de acceso junto con la proliferación de páginas enteras de Internet que ofrecen sexo en sus diferentes variantes.


En efecto, lo nuevo de la pornografía actual es que está al alcance de la mano.

 Ningún obstáculo impide hallarla; basta el ordenador o el celular, y ya no hay que transitar por el pudor ni por el esfuerzo de ir a su encuentro, y los otros no asisten ni como censores ni como cómplices.


La pornografía hoy ya no es usada como complemento del acto sexual, sino que lo sustituye estimulando la adicción al onanismo. Pero “estímulo” sería poco decir: Miller considera que ella tiene más bien un carácter de “incitación, de intrusión, de provocación, de forzamiento” (Miller, J. A., “El inconsciente y el cuerpo hablante”, en Revista Lacaniana de Psicoanálisis, publicación de la Escuela de la Orientación Lacaniana – Año IX Número 17, 2014). Y ya no solo empuja a la masturbación, sino que es inductora de fantasías que, sin su intromisión, no se hubiesen despertado.


No sorprende que muchos hombres adictos a la pornografía tengan serias dificultades en el encuentro sexual, si tal encuentro reviste interés o va acompañado del amor. La pornografía facilita la mecánica masturbatoria, pero se separa radicalmente del erotismo que se pone en juego en la sexualidad. Al mismo tiempo, lo que parece ser una “solución” a la inhibición termina aumentándola. He podido comprobar que la adicción pornográfica genera serias dificultades en la relación con un partenaire que importe.


Pero si la tecnología opera, sin duda, dificultando el lazo social y sustituyendo la relación amorosa con el otro por la del sujeto con el gadget, hoy asistimos a un fenómeno que se le agrega a este y en el que la inteligencia artificial sustituye al propio sujeto experto. Un paciente relata su desolación al contarme que luego de entrenar a la inteligencia artificial será descartado, es decir, que “ella” hará el trabajo para el que la preparó.


Durante el siglo XVII en casi toda Europa existieron revueltas obreras contra las máquinas, que eran vividas como expropiadoras de trabajo. Marx (que no estaba en contra de las máquinas y las nuevas tecnologías en general; todo lo contrario: se mostraba entusiasta frente a los nuevos avances tecnológicos de su época) es claro al señalar que la máquina es inocente de las miserias que engendra.


El autor se opone específicamente al uso que la sociedad capitalista da a las máquinas. Por ello, el obrero debe aprender a distinguir entre la máquina y su empleo capitalista. Así narra el antagonismo existente entre el trabajador y el denominado “molino de cintas” (Marx, C., El capital, Libro I T. II, “Lucha entre obrero y máquina” – Madrid, Biblioteca del ensayo, 2000, págs. 153-162) atacado violentamente como el gran usurpador (precursor de las máquinas de hilar y de tejer).


A fines del primer tercio de ese siglo, una sierra de viento instalada en Londres por un holandés fue destrozada por la reacción del proletariado. Todavía, a comienzos del siglo XVIII, las serrerías movidas por agua vencieron a duras penas la resistencia popular apoyada por el parlamento.


Y aún la destrucción masiva de máquinas en las distintas manufacturas ingleses durante los primeros quince años del siglo XIX muestra, dice Marx, que se necesitó tiempo y experiencia antes de que el trabajador aprendiera a distinguir entre la máquina y su aplicación capitalista.


El miedo que sentían los obreros por quedarse sin trabajo ante la irrupción de la máquina explica el antagonismo. No será tanto la ausencia de trabajo, sino su mal pago generado por la plusvalía. Hoy, en cambio, no es la época de la plusvalía sino la del descarte. La amenaza de extinción se proyecta no solo en relación con la perpetuación de la especie, sino sobre el propio individuo.

Fuente: Noticias Argentinas