Al grito de Libertad, los corceles se alinean 

La historia Argentina invita a reflexionar en cada fecha que se conmemora. El 9 de julio de 1816 fue para los argentinos el momento en donde la idea de Estado comienza a forjarse con más fuerza. Pero ¿Qué significó ese momento en realidad?

Valeria Elías

RTS Medios

Una decisión histórica tomada el 9 de julio de 1816 por el Congreso de Tucumán, declarar la Independencia de la Argentina. En esta fecha, los representantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata rompieron formalmente sus vínculos de dependencia política con la monarquía española. Andrea Franco profesora de historia y becaria doctoral de IHUSCO Litoral-UNL, Conicet, compartió la visión histórica de esta fecha para RTS Medios.


“Cada festividad patria– explicó la docente– es una nueva oportunidad para re-pensar la configuración de nuestra historia común, sobre los orígenes y fundamentos de los mitos que dieron origen a nuestra identidad colectiva. El 9 de Julio adquirió una connotación especial porque al declararse la independencia en 1816 se dejaba atrás definitivamente la fórmula que aún unía al territorio con la dominación española y parecía surgir un nuevo sujeto político, hasta el momento inexistente, la nación. Las historias escritas y re-escritas desde entonces reforzaron esta idea de la independencia como un plan premeditado desde 1810 (incluso 1807/08) con conciencia de autogobierno fundado en la soberanía popular.


Ahora bien, avanzar en algunos datos del contexto, nos permitirá comprender la complejidad de la coyuntura en la que se tomaron las decisiones y a partir de la cual se comenzaron a forjar ciertas imágenes de nuestro pasado «nacional». Los acontecimientos inician en Tucumán el 24 de marzo de 1816 con las sesiones de un Congreso General Constituyente que tenía la doble finalidad de declarar la independencia y decidir una nueva forma de gobierno ya que desde 1810 los sucesivos intentos de organización demostraron no sólo la falta de un consenso general sobre si adherir o no a los nuevos rumbos que se estaban tomando, sino también sobre la matriz geopolítica sobre la que se asentaban los hechos”.


“Esta experiencia no era la primera. De hecho, desde fines del siglo XVIII, el continente venía experimentando procesos de emancipación: en 1776 las trece colonias británicas de América del Norte, en 1777 Vermont (que en 1790 se uniría a Estados Unidos), Haití en 1803/04, Bogotá en 1810, Cartagena en 1811 y así sucesivamente hasta pasada la década del 20 del siglo XIX. Estos procesos suponían reconfigurar las bases territoriales sobres las que se venían asentando las identidades políticas del momento, algo que no era ajeno a nuestro territorio que se fue modificando desde la revolución de mayo en adelante y se profundizó con la independencia tras la nueva denominación de Provincias Unidas en Sud América”, aclaró.


Luego, agregó: “Esta denominación implicaba, por un lado, la transición de las provincias de entidades autónomas hacia una nueva identidad de conjunto materializada en la expresión «Sud América». Pero también que todo el territorio era un conjunto armónico que adhería a las intenciones de un congreso que respondía ¿a quién/es? ¿A qué intereses? Del congreso no participaron todas las provincias que componían el país en ese momento, aunque el acta que selló la independencia resalte «el decidido clamor del territorio entero por su emancipación». Fue firmada por trece provincias, entre ellas Buenos Aires, Catamarca, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Salta; San Juan, San Luis, Santiago del Estero, Tucumán, Charcas, Chichas y Mizque. Estas últimas tres provincias que actualmente forman parte del estado plurinacional de Bolivia, en ese momento pertenecían a la organización que hoy es nuestro país”.


“¿Y qué pasaba mientras tanto con las otras provincias que no fueron al congreso? Santa Fe, Entre Ríos, la Banda Oriental, Corrientes, Córdoba (brevemente) y los territorios que hoy forman Misiones, estaban organizados en la “Liga de los Pueblos Libres” bajo el liderazgo de José Gervasio Artigas que se oponían a las intenciones centralistas de Buenos Aires. Entre sus objetivos destacaban una forma de gobierno federal que respetara la autonomía de las provincias y la distribución de recursos, entre ellos, la tierra. La guerra no tardó en profundizarse, contra la embestida realista decidida a recuperar los territorios, pero también hacia el interior porque era necesario convencer sobre las bondades del proyecto centralista. Estas diferencias tanto políticas como económicas enfrentó a las élites de las distintas provincias exacerbando la violencia. Pero también enfrentó a las élites gobernantes con los distintos sectores populares”, aclaró. 


“Por un lado,– expuso– los negros seguían aspirando individualmente a la libertad general porque el retorno esclavista revestía nuevas y enmascaradas formas. Por otro lado, los pueblos originarios vieron amenazadas sus tierras comunales por el interés de los sectores dominantes de incorporarlas a la frontera productiva del capitalismo en expansión, a la vez que fueron sometidos a un creciente proceso de invisibilización y/o exterminio. Esta situación se agravaba si la distribución de estos sectores estaba emplazada en territorios de fronteras o “tierras adentros” porque la posición estratégica en ambos casos era variable. Entonces, a las preguntas anteriores se suma ¿Libertad para quiénes?”. 


Entonces, concluyó: “Ante este complejo panorama que parece dejar más dudas que certezas, es importante rescatar puntos de partida para seguir discutiendo la historia de nuestro país. La declaración de independencia trajo orden en un contexto signado por la guerra y la violencia, aunque éste no haya tenido traducción jurídica hasta la sanción de la Constitución de 1853 y su aceptación por parte de Buenos Aires en el mismo año. Por otro lado, fue una gesta colectiva que, si bien fue el resultado de la toma de decisiones de un grupo minúsculo de miembros de las élites gobernantes, necesitó de la movilización de los sectores populares para poner el cuerpo en los frentes de batalla. Pero también necesitó de la incansable labor cotidiana de las mujeres que sostenían con sus actividades desde círculos de sociabilidad donde circulaba la palabra y se recaudaban fondos, hasta la confección de uniformes, la provisión de materias primas, la elaboración de comidas e, incluso, el liderazgo de cuerpos de batalla como el caso de Macacha Güemes, Juana Azurduy o María Remedios del Valle”.

Fuente: RTS Noticias