Post Pandemia: las secuelas psicológicas de una época confusa  

La pandemia dejó secuelas en la sociedad. Cambios bruscos, repentinos, miedos, alertas y encierro afectaron consciente o inconscientemente a las personas. El Dr. José Adrián Cosentino, especialista en Psiquiatría humanista, reflexionó sobre la psiquis post pandémica. 

Valeria Elías

RTS Medios

“¿Lo que quedó viviendo dentro de nosotros?–comienza reflexionando el especialista–

Cuando intento poner en palabras lo que atravesamos como sociedad, no pienso en curvas epidemiológicas, ni en estadísticas sino en personas. Pienso en los cuerpos, en las miradas cansadas, en los niños que crecieron en silencio. Pienso en adultos que sostenían todo mientras por dentro también se caían. Pienso en los abuelos esperando. Pienso en esas familias que recibieron una llamada telefónica con una sola palabra: falleció. Lo que vivimos no fue pequeño, ni breve, ni superficial. La pandemia de COVID-19 fue un evento sanitario, sí. Pero sobre todo, fue una experiencia colectiva de amenaza prolongada. Y cuando una amenaza se sostiene en el tiempo, el organismo entero cambia: el cerebro, el sistema nervioso, el sistema inmunológico, las hormonas, el comportamiento, la forma de vincularnos. Hoy, años después, seguimos viendo sus efectos en el consultorio. Y no hablo desde teorías abstractas: hablo desde la clínica cotidiana, desde el encuentro cara a cara con el sufrimiento humano”.

 

 

“Al comienzo aparecieron los efectos inmediatos: estrés agudo, crisis de angustia, insomnio, irritabilidad, una sensación constante de peligro. Personas que no podían respirar tranquilas aunque sus pulmones estuvieran sanos. Reacciones paranoides, miedo extremo al contagio, fobias específicas: salir de casa, tocar objetos, acercarse a otros. Trastornos adaptativos en quienes no lograban acomodarse a una realidad que cambiaba semana a semana. Ataques de pánico en personas que jamás los habían tenido. Un sistema nervioso en alerta permanente. Muchos creyeron que eso terminaría cuando se levantaran las restricciones. Pero el cuerpo no funciona así. El cerebro aprende del peligro. Y cuando el peligro dura meses, el organismo queda programado para una sola tarea: sobrevivir. No para descansar. No para confiar. No para proyectar. Después empezamos a ver lo que hoy sigue vigente: trastornos de ansiedad que no se apagan, cuadros depresivos, alteraciones del sueño, dificultades de concentración, problemas de memoria, síntomas físicos sin causa orgánica clara, somatizaciones, un cansancio profundo que no se recupera con dormir. En algunos casos, descompensaciones psicóticas en personas vulnerables. En otros, una pérdida de horizonte: dificultad real para imaginar el futuro. Hoy sabemos que el estrés prolongado modifica los ejes fundamentales del organismo. La mente, el sistema inmunológico, el sistema endocrino y el sistema nervioso no funcionan por separado. Somos un sistema integrado: psicoinmunoneruoendocrinológico. Cuando ese sistema vive demasiado tiempo en estado de amenaza, aparecen consecuencias que no siempre son inmediatas, pero sí profundas”, explicó el entrevistado.

 

 

Luego expuso: “Por eso hoy resulta más complejo interpretar ciertos eventos clínicos, incluso muertes repentinas en personas jóvenes. Es tentador asociarlo todo al COVID, a las vacunas, a lo que vivimos. Y acá es fundamental ser responsables: no confundir correlación con causalidad. No sacar conclusiones apresuradas. Pero tampoco negar que un evento global de esta magnitud dejó huellas biológicas reales. El estrés crónico impacta en el corazón, en la presión arterial, en la inflamación sistémica, en el metabolismo, en el sistema nervioso autónomo. El cuerpo guarda memoria. Mientras todo esto ocurría, había niños creciendo. Muchos no pudieron iniciar el jardín. Otros aprendieron a leer mirando pantallas en lugar de caras. Perdieron juego compartido, movimiento, contacto físico, previsibilidad. Hoy vemos más ansiedad de separación, más dificultades para regular emociones, más irritabilidad, más problemas de sueño. No porque sean frágiles sino porque se desarrollaron en un contexto donde el mundo se volvió imprevisible. Los adolescentes atravesaron algo todavía más complejo. La adolescencia necesita grupo, necesita cuerpo, necesita afuera. De pronto todo eso desapareció. Se quedaron encerrados en habitaciones con pantallas como única vía de contacto. Perdieron rituales fundamentales: egresos, cumpleaños, primeras experiencias sociales. Hoy muchos presentan ansiedad, síntomas depresivos, trastornos alimentarios, conductas autolesivas, dificultades para volver a vincularse. La identidad quedó en pausa”. 

 

 

“Los adultos sostuvieron: hijos, trabajos, casas, familias, teletrabajaron mientras ayudaban con tareas escolares. Perdieron empleos. Tuvieron miedo. Se sobrecargaron. Funcionaron. Pero funcionar no es lo mismo que estar bien. Hoy vemos burnout, insomnio crónico, consumo problemático de sustancias, crisis existenciales. Personas que siguen adelante, pero con el sistema nervioso agotado. Los adultos mayores vivieron quizás una de las formas más duras del aislamiento. Rutinas interrumpidas, soledad, falta de contacto con nietos, días silenciosos. En muchos casos vimos aceleración del deterioro cognitivo, síntomas depresivos, pérdida de autonomía. El encierro protegió los cuerpos, pero dañó profundamente las almas”, concluyó el Dr. Cosentino.

Y después está el duelo…


Dentro de las situaciones que el psiquis tuvo que afrontar y adaptarse están los duelos. Sobre esto el experto dijo: “Miles de familias recibieron una llamada, un mensaje, una palabra: «falleció». Incontables personas tuvieron que aceptar la muerte de un ser querido solo como información, sin ver el cuerpo, sin acompañar, sin velatorio. Sin ese ritual que durante siglos nos ha ayudado a procesar la pérdida. El duelo necesita presencia, necesita comunidad, necesita ritual. Cuando todo eso falta, el dolor queda suspendido. Y todavía hoy escucho pacientes que dicen: «a veces siento que no pasó de verdad». Esa ausencia de despedida sigue viva en muchos cuerpos. La tecnología fue, al mismo tiempo, salvación y trampa. Nos permitió trabajar, estudiar, comunicarnos pero también aumentó la dependencia digital, alteró el sueño, modificó la atención y redujo el contacto real. Hoy vemos dificultades para concentrarse, menor tolerancia al aburrimiento, hiperestimulación constante. La virtualidad vino para quedarse. El desafío es humanizarla. El cuerpo también habla: sedentarismo, aumento de peso, contracturas, fatiga crónica. Pero además, hipervigilancia, palpitaciones, sensación de falta de aire, mareos. El organismo aprendió que enfermar podía ser mortal. El sistema nervioso quedó sensibilizado”.


“Y en este escenario apareció otro fenómeno silencioso: la automedicación. Muchas personas comenzaron a manejar el malestar como pudieron. Ansiolíticos compartidos entre familiares, hipnóticos tomados sin indicación, analgésicos usados como calmantes emocionales, alcohol convertido en regulador del sueño o de la angustia. No desde la irresponsabilidad, sino desde la desesperación. Cuando el sufrimiento no encuentra escucha profesional, busca salida por donde puede. La evidencia internacional muestra que después de eventos traumáticos colectivos prolongados aumenta el consumo de psicofármacos sin control médico y también el riesgo de conductas autolesivas y suicidas. No porque la pandemia «genere suicidio» de manera directa, sino porque deja a muchas personas con depresión, ansiedad, sensación de vacío, desesperanza y aislamiento emocional. Y cuando esos estados no son acompañados, el riesgo crece. En la práctica clínica vemos algo muy claro: personas que nunca habían tomado medicación comienzan a hacerlo por su cuenta; otras abandonan tratamientos; algunas mezclan fármacos; otras minimizan síntomas profundos hasta que el cuerpo o la mente dicen basta”, explicó el psiquiatra.


De la misma forma, explicó: “También vemos pensamientos suicidas que aparecen en personas sin antecedentes, ligados a cansancio extremo, duelo no elaborado, pérdida de proyectos o dificultad para imaginar un futuro posible. Esto exige una mirada profesional cuidadosa. Sin estigmatizar. Sin simplificar. Sin romantizar el dolor. El suicidio no es una decisión repentina: suele ser el punto final de un proceso de sufrimiento acumulado. Por eso es tan importante decirlo con claridad: pedir ayuda no es debilidad. Es prevención. Es cuidado. Es medicina. Nada de esto significa que estemos rotos. Significa que atravesamos una experiencia colectiva extrema. También hubo aprendizajes. Hubo familias que se reencontraron puertas adentro. Hubo avances enormes en telemedicina. Hubo una nueva valoración del tiempo, del cuidado y de la salud mental. Aprendimos que somos vulnerables. Aprendimos que necesitamos del otro. Aprendimos que el bienestar psicológico no es un lujo. Hoy, en la post pandemia, veo ansiedad persistente, trastornos del sueño, síntomas físicos, dificultades vinculares, sensación de vacío, miedo al futuro. No porque las personas sean más débiles sino porque estuvieron demasiado tiempo en modo supervivencia”.


Una salida posible 


Los profesionales de la salud, trabajaron y trabajan en la recuperación de estas situaciones extremas, por esto para culminar el médico especialista declara: “Sanar no es volver a ser quienes éramos. Sanar es integrar lo vivido. Implica volver al cuerpo. Recuperar vínculos reales. Ordenar rutinas. Hablar de lo que pasó. Pedir ayuda profesional cuando hace falta. Acompañar a niños y adolescentes. Cuidar a nuestros adultos mayores. Entender que lo que sentimos tiene sentido. Esto no fue un problema individual. Fue un trauma colectivo. Y los traumas colectivos se reparan con comunidad, con escucha, con ciencia y con humanidad. Expreso esto como médico, como psiquiatra y como parte de esta misma sociedad. Desde el consultorio veo el daño invisible, pero también veo resiliencia. Veo personas reconstruyéndose. Veo familias intentando sanar. Veo adolescentes buscando su lugar. Veo adultos cansados, pero de pie. Ojalá estas palabras sirvan para que una madre se sienta comprendida. Para que un adulto mayor se sienta nombrado. Para que un docente se reconozca. Para que un adolescente se vea reflejado. Para que alguien lea y diga: «sí, eso me pasó». Porque ese es el primer paso de la reconstrucción. Nombrar lo que duele. Compartir lo que sentimos. Saber que no estamos solos”.

Fuente: RTS Noticias