El mismo estadio de Nueva Jersey que lo vio renunciar llorando en 2016 se convirtió, una década después y bajo la simetría de su número 10, en el escenario de su despedida definitiva de la Selección.
Hay lugares en el mundo que se vuelven geografía sagrada y, al mismo tiempo, territorio de nuestras peores pesadillas. Para el hincha argentino, el MetLife Stadium no es solo cemento en Nueva Jersey; es el sitio exacto donde se nos cayó el alma al piso y, diez años más tarde, donde se nos congeló el tiempo para siempre.
Existe una simetría tan cruel como perfecta que une los puntos con la cifra que llevó toda la vida en la espalda. Diez años —una década clavada— separan la noche en que el fútbol argentino casi se derrumba y la tarde en que se decretó el punto final definitivo.
El 26 de junio de 2016, ese mismo césped estadounidense fue testigo de la herida más profunda. Tras perder por penales ante Chile en la final de la Copa América Centenario y fallar su remate, un Messi desahuciado pronunció una frase que paralizó a un país entero: «Se terminó para mí la selección».
Sentimos que se nos apagaba la vida y creímos que el estadio de Nueva Jersey era un sitio maldito donde la gloria le estaba prohibida al mejor de todos.
Pero lo que vino después fue un ejercicio de fe inigualable. Lo fuimos a buscar, lo abrazamos, y nos enseñó que caerse era el impulso necesario para tocar el cielo en Catar.
Por eso, que su última función haya sido otra vez ahí, el 19 de julio de 2026 frente a España, roza la poesía dolorosa. Aunque el gol de Ferran Torres en el tiempo extra decretó la derrota, el contexto emocional fue completamente opuesto: el maleficio ya se había roto y la supuesta maldición mutó en el portal de una retirada madura, con el deber cumplido.
Para nosotros, los argentinos, Messi nunca fue solo una zurda mágica o una estadística inalcanzable. Es el refugio al que íbamos cuando la realidad pesaba demasiado, el motivo por el cual millones de pibes salieron a la calle con la 10 en la espalda sin importar si era trucha u original, se sentían invencibles.
En él encontrábamos la prueba de que desde cualquier lado se podía conquistar el universo, haciéndonos creer en los milagros cotidianos.
Si uno repasa los números fríos, la dimensión de su legado abruma: más de 800 goles oficiales en su carrera, una colección inigualable de 8 Balones de Oro, los títulos de la Copa América 2021 y 2024, y esa estrella eterna en el Mundial de Catar 2022 que devolvió a la Argentina a la cima del planeta. Con la camiseta celeste y blanca dejó un registro imborrable de 207 partidos y 125 goles que lo consagraron como el máximo símbolo de nuestra historia futbolera.
Hoy hay un silencio espeso en las calles y un vértigo insoportable en el aire. El hincha mira el horizonte con la desesperación de pensar que después de él viene la nada misma, preguntándose cómo se habita una selección sin su liderazgo silencioso.
Nos deja huérfanos de su gambeta, de su pausa exacta y de esa seguridad inexplicable de saber que, mientras él estuviera en la cancha, todo era posible.
Pero, en el fondo, el círculo perfecto se cerró donde empezó, recordándonos que nos dejó mal acostumbrados a la magia. Se marchó el capitán, el que nos curó las tristezas y nos enseñó a festejar abrazados en las esquinas de todo el país.
Y aunque hoy duela hasta el alma aceptar que su zurda ya no vestirá más la camiseta de nuestra vida, nos queda el consuelo sagrado de haber caminado a su lado y saber que, gracias a él, fuimos inmensamente felices.
Fuente: Noticias Argentinas