El emprendedurismo en Argentina es una de las vertientes económicas que comenzó a fomentarse a partir de la crisis del 2001. Con el paso del tiempo se fue consolidando y ramificando, las industrias culturales emergieron, sobre esto el especialista Germán Lang en conversación con RTS Medios explicó la importancia del mercado.
Valeria Elías
RTS Medios
El Mercado de Industrias Culturales en Argentina se fue consolidando en el tiempo, emprendedores dedicados a producir materiales de producción audiovisual (cine, TV), editorial, videojuegos, música, diseño gráfico/moda, y artes escénicas/visuales, van encaminando su esfuerzo en pos de conseguir un espacio en el mercado de consumos. Para comprender su funcionamiento el diseñador multidisciplinario, consultor y gestor cultural especializado en proyectos creativos e innovadores, Germán Lang, dialogó con RTS Medios.
— La industria cultural argentina tiene muchos talentos. El MICA es un evento nacional que vincula con el exterior, ¿quiénes pueden participar y en qué condiciones pueden hacerlo los emprendedores culturales?
—El MICA es, ante todo, una plataforma de encuentro. No es solo un evento o mercado nacional: es una herramienta de la política cultural que busca ordenar, visibilizar y potenciar lo que ya está sucediendo en todo el país. Pueden participar emprendedores, pymes culturales, colectivos, cooperativas y también proyectos emergentes que están en proceso de profesionalización.
Lo importante no es únicamente el tamaño del proyecto, sino su claridad: qué producen, a quién le hablan y qué valor diferencial aportan. El MICA no busca productos “terminados” en términos clásicos, sino propuestas con identidad, con capacidad de diálogo y con una lógica de desarrollo sostenible.
En términos concretos, el acceso es bastante directo: solo hay que crear un perfil en la plataforma oficial del MICA (www.mica.gob.ar), y a partir de ahí el resto del recorrido se va habilitando dentro del propio sistema.
Siempre recomiendo completar el perfil en su totalidad y mantenerlo actualizado. También es clave usar un mail que realmente se consulte con frecuencia y activar las notificaciones, porque ahí es donde circula la información sobre convocatorias, rondas de negocios y actividades. Estar atento a eso hace una diferencia real en las oportunidades que pueden surgir. En este momento están sucediendo una serie de capacitaciones “Camino al MICA” para llegar con mejores conocimientos al MICA 2026 (se realizará en el mes de septiembre) y desplegar una mejor performance ante potenciales demandantes culturales.
En ese sentido, las condiciones tienen más que ver con estar dispuesto a vincularse –con otros sectores, con otras regiones, con el mundo– que con cumplir un estándar rígido. Es una plataforma para crecer, no solo para mostrar.
—Desde el punto de vista emprendedor: ¿cómo está el nivel y la variedad de los emprendedores argentinos?
—Argentina tiene algo muy singular: una enorme capacidad de resolver desde la escasez. Eso genera un tipo de emprendedor muy creativo, muy adaptable y con una lectura muy fina del contexto.
Hoy hay una diversidad muy potente. Desde proyectos profundamente ligados a lo territorial –artesanías, saberes locales, economías regionales– hasta propuestas que dialogan con tecnología, videojuegos, diseño industrial o experiencias inmersivas.
El nivel es alto en términos creativos, pero todavía hay un desafío en términos de escalabilidad, modelo de negocio y continuidad. Muchas veces hay ideas brillantes que necesitan estructura para sostenerse en el tiempo.
Ahí es donde creo que estamos en una etapa interesante: pasando de la intuición a la estrategia, sin perder identidad.
— ¿Qué visión tenés de Diseña Santa Fe y de las últimas curadurías en las que participaste?
–Diseña Santa Fe es un caso muy valioso porque logra algo que no es tan común: construir una identidad de diseño con anclaje territorial real. No es diseño importado ni aspiracional; es diseño que nace de su contexto productivo, cultural y material.
En las curadurías en las que participé, el foco siempre estuvo en correrse de la lógica de “lo lindo” como único criterio. Me interesa pensar el diseño como sistema: cómo dialoga con el usuario, cómo resuelve problemas, cómo se inserta en una cadena de valor.
También trabajé mucho sobre la idea de narrativa: cada objeto cuenta una historia, pero esa historia tiene que ser legible, coherente y honesta. No alcanza con tener un buen producto si no se entiende desde dónde está hecho y para quién.
—¿Qué hace falta para comenzar un emprendimiento cultural y generar impacto en la sociedad?
—Lo primero es tener algo para decir. Parece obvio, pero no lo es. Un emprendimiento cultural no es solo un producto o un servicio: es una toma de posición.
Después, hace falta entender a quién le estás hablando. El diseño centrado en las personas no es una tendencia, es una responsabilidad. Si no entendés las necesidades, los deseos y los contextos de uso, el proyecto queda en lo superficial.
También es clave construir un modelo: cómo se sostiene, cómo crece, cómo se vincula. La cultura no está por fuera de la economía, y asumir eso no le quita valor simbólico, al contrario, le da proyección.
Y finalmente, algo que para mí es central: la capacidad de trabajar con otros. Hoy el impacto no se genera de manera individual, sino en red.
—¿Hay interés internacional en la producción de los emprendedores argentinos?
—Sí, definitivamente lo hay. Argentina tiene una marca muy potente asociada a la creatividad, a la innovación desde contextos complejos y a una identidad cultural muy rica.
Lo que interesa no es solo el producto, sino la historia detrás: cómo se produce, desde dónde, con qué materiales, con qué lógica social o territorial.
Ahora bien, también creo que es importante ser claros en algo: no cualquier proyecto está en condiciones de proyectarse hacia afuera. Sostengo que la industria nacional, la producción local y, sobre todo, los emprendimientos a escala humana necesitan apoyarse en tres aspectos fundamentales: tener una identidad propia clara, ser capaces de resolver problemas reales y comprender el contexto económico en el que sus productos o servicios van a ser consumidos.
Si alguno de estos puntos no está presente, el proyecto difícilmente funcione de manera sostenible. Y ahí es donde, desde mi mirada, también aparece el rol del Estado: las políticas públicas no deberían impulsar proyectos que no respondan a estas condiciones básicas, porque en definitiva se trata de recursos que provienen de la sociedad.
El Estado tiene que acompañar y fortalecer, pero con un criterio claro: apoyar iniciativas que generen valor real y bienestar en las personas. No se trata solo de producir o de exportar, sino de construir propuestas que tengan sentido para quienes las consumen, tanto a nivel local como internacional.
El interés existe, pero hay que saber construir el puente. Muchas veces tenemos propuestas muy valiosas que no logran insertarse internacionalmente por falta de estrategia, de escala o de continuidad. Ahí es donde el desafío no es creativo, sino de desarrollo.
Fuente: RTS Noticias