El año 2003 fue un año marcado por la catástrofe para Santa Fe, el río Salado desbordó en la provincia anegando y destruyendo todo en su avance. El director, realizador y productor audiovisual Mauricio F. Gómez, en conversación con RTS Medios, contó su experiencia personal y cómo surgió su serie documental sobre este tema.
Valeria Elías
RTS Medios
Cuando el río desbordó en Santa Fe en el año 2003, no había información suficiente para saber lo que estaba pasando, las autoridades aseguraban que no había peligro, pero media ciudad quedó bajo agua. Los testimonios sobran, entre ellos está el del director, realizador y productor audiovisual Mauricio F. Gómez, quién no solo se vió afectado, sino que en la resiliencia realizó una serie documental que relata lo sucedido esos días.
En comunicación con RTS Medios, el director, recordó su experiencia y relató todo lo que vino después de la tragedia.
“Hacía poco que me había mudado de mi casa,–comenzó el relato– vivía en calle San Juan y Boulevard, y me fui a un departamento frente de la cancha de Unión. En mi casa anterior, hacía días, estaba viviendo mi hermano con mi sobrino y mi cuñada; yo todavía no había trasladado mis pertenencias. Tenía mi cama, mi placard y todos los vestuarios teatrales. Este fue el último lugar donde se inundó porque la vía funcionó como una estructura de contención.
Ese día 29 fui a buscar cosas porque decían: «che, parece que hay una parte de la ciudad que se inundó. ¿Cómo que se inundó? No puede ser». A simple vista, no se veía el agua pero si a la gente avanzar hacia el este, con sus pertenencias. Cuando me fui hacia el terraplén, solo se veían los techos. La vía funcionaba como un contenedor, entonces para este lado no pasaba, y ahí me quedé con un paraguas mirando esa escena que no lo podía creer. No entendía qué estaba pasando”.
El intendente decía por los medios que esta zona no se iba a inundar. El entrevistado describió los recuerdos de aquellas horas: “Mis sobrinos eran pequeños. Empezamos en ese pasillo donde vivíamos a subir las cosas arriba de la mesa. Muy tímidamente la gente empezó a subir objetos y comenzó a poner ladrillos o bolsas de arena debajo de las puertas, a la entrada de las casas. Y todo era como muy tímidamente, porque ahí no se iba a inundar. Pasaron las horas, y al otro día empezó a inundarse. Vimos como el agua empezó esa tarde a venir por el parque Garay, cuando la vía cedió. Ese agua inundó también el hospital de niños, empezó a subir y avanzó hacia mi barrio. Pero lo veíamos lento, era como algo lento que después sucedió rápido. Eso fue como una falla temporal, esa sensación, porque cuando vimos que el agua empezó a venir por la calle muy lento dijimos acá no va a subir. Había un vecino que estaba construyendo su segundo piso y nos ofreció dejar cosas. Entonces, decidimos meter en una sábana la ropa, hicimos un gran bollo y empezamos a subir las cosas a la casa del vecino y nos fuimos al departamento frente a la cancha de Unión con mis primos, en un segundo piso. A las dos o tres horas me volví con mi cuñada para buscar unos medicamentos de mi sobrino, que tenía meses y ya una cuadra antes de llegar a Boulevard y Perón, el agua nos llegaba a la cintura. Era increíble lo que nos estaba pasando. No pudimos llegar hasta el pasillo porque la corriente nos superaba”.
“Aquel momento fue un quiebre. Es algo que parece que no va a pasar nunca y que de repente tu realidad cambia absolutamente. Uno tiene que adaptar su cabeza, su corazón y su físico a una nueva situación. Es muy difícil de procesar. En ese momento uno empieza a accionar y a ver a quién puede ayudar. La gente pensaba en los vecinos que estaban más cerca de esas cuadras que vivían solos, personas mayores que necesitaban salir a subir sus cosas. Lo que recuerdo de esa noche, en ese segundo piso, con toda mi familia, con gente que alojamos, era el silencio absoluto de la madrugada. No había luz y lo único que se escuchaba eran ruidos de helicópteros y el reflejo de la sirena de los policías que rebotaban en el agua. Esos destellos nos alumbraban. Era apocalíptico, era surrealista y a la vez era muy realista porque sentíamos el olor a barro, a lo mojado y no podíamos dormir.
Después, la reacción fue ir a ayudar a lugares que necesitaban una mano. Veíamos los medios de comunicación, las lanchas pasar y escuchábamos los tiroteos. Sabíamos que muchos vecinos se habían quedado arriba de los techos a cuidar sus casas y vimos como se pensaba a organizar la gente. En unos días, nos fuimos a Rosario del Tala, donde estaban viendo mis padres. Ahí hicimos una colecta con mi hermano y organizamos los dos una colecta con el Club de Leones para juntar alimentos, ropa, medicina, para mandar a Santa Fe. Con el tiempo, volvimos a reconstruirnos”, culminó su relato.
La resiliencia en el trabajo
Un tiempo después, luego de la experiencia en carne propia, Mauricio Gómez comenzó su trabajo audiovisual. “Sobre este proceso–relató el entrevistado– pasaron 16 años cuando empecé a escribir el documental, titulado Lo que el agua no llevó. Presenté este proyecto a un concurso de Nación. Lo que me motivó a hacerlo fue todo lo que había aprendido de esa experiencia. La resiliencia es el espíritu, la esencia y el hilo conductor de los relatos. El formato utilizado fue el de micro documentales. Fueron nueve capítulos, que duraban entre cinco y ocho minutos cada uno. Me importaba mucho que fuera para un público general y que también fuera visto por los chicos. Con esos objetivos entendí que había que hablar de la justicia, la solidaridad, la vecindad, el futuro, el hogar, la esperanza, la memoria, entre otros temas”.
“Cada uno de estos conceptos representa el nombre de cada capítulo y cada capítulo está basado en un testimonio que hace referencia a lo que el agua no pudo llevarse del hogar: a la esperanza, a la solidaridad, a la supervivencia, al futuro.
Al final de cada capítulo se hacen las siguientes preguntas: «¿Qué siente ahora respecto al concepto que le tocó? ¿Qué siente después de todo este tiempo? ¿Cuál es el resignificado? ¿Cuál es la resiliencia? ¿Cuál es la nueva visión de la supervivencia? la que tenía antes y la que puede decir desde ahora después de lo que le paso. Creo que a cualquiera que le haya pasado un hecho traumático tiene la capacidad de aprender, comprender y sanar para poder, desde un lugar, desde su evolución, de esa toma de conciencia, transmitir. Porque creo que desde ese lugar uno toma conciencia, aprende y puede ayudar a otros a salir de estas situaciones”, dijo el entrevistado.
Luego aclaró: “No debemos quedarnos en ese bucle que es muy fuerte, que es lo que nos pasó. Tenemos que trabajar para tener las herramientas para poder salir adelante con un aprendizaje y de ese lugar, la resiliencia. Pensando en los chicos, el documental tiene animación y colores que les permiten conectar y apropiarse de este tema. Este trabajo artístico me motivó para hablar de conciencia, resiliencia, cuidado del medio ambiente y empatía”.
Sobre los testimonios recabados hizo referencia: “Todos me impactan de diferentes maneras. Lo que tienen en común es su gran capacidad de resiliencia, su gran capacidad de transformación y su manera de mostrarse como ejemplo sin querer serlo. Algunos mostraron fortaleza, otros solidaridad, resiliencia, vulnerabilidad, sentido de pertenencia y amor. Creo que han sido esos factores de esperanza. Lo que me impactó es como todos, de alguna manera, tienen algo en común: la capacidad de salir de situaciones traumáticas, aprendiendo, desde un lugar sumamente solidario.
“Debemos rescatar todos estos valores donde los integrantes de una comunidad aprenden a salir de situaciones que parecen imposibles a partir de la cooperación”, expuso.
Lo que el agua dejó
Para finalizar el creativo rescató: “Siento que la inundación no es un recuerdo, es una experiencia que no se fue del todo y vive en el presente. Es algo que me enseñó a valorar la vida, a cómo ver esto de ser resiliente, de cómo atravesar estas situaciones desde la absoluta conciencia, de estar presente y de poder valorar la comunidad, la empatía, la solidaridad y valorar la vecindad. Es algo muy importante la vecindad porque es el primero que te va a dar una mano o al que uno le tiene que dar una mano”.
“El documental se hizo viral, recorrió muchos km y festivales. La repercusión que tuvo en Santa Fe fue porque se proyectó en todos los barrios. Los comentarios que me llegaron fueron muy positivos”, manifestó.
“Creo que el documental sigue vigente porque nos sigue interpelando: «¿Qué es ser resiliente y qué no?. ¿Con qué valores o cómo estamos parados frente a cualquier situación traumática que nos puede pasar?». “Lo que el agua no llevó” me sigue dando mucho más material para seguir aprendiendo. Así es el arte, una continua evolución”, culminó.
Fuente: RTS Noticias