La epidemia COVID 19 y lo posterior a estos sucesos sanitarios definieron cambios necesarios y otros por decantación a nivel social, cultural, humano. El sociólogo consultado por RTS Medios, Esteban Grippaldi analiza las transformaciones en la vida cotidiana y sus impactos sociales.
Valeria Elías
RTS Medios
Confinamiento que fue igual a reclusión, distancia social, nuevas formas de conectar, comunicarse y participar de la vida social. Algunos cambios fueron notorios, otros fueron más implícitos. Esteban Grippaldi es Licenciado en Sociología (Facultad de Humanidades y Ciencias. Universidad Nacional del Litoral) y Doctor en Ciencias Sociales (Facultad de Ciencias Sociales. Universidad de Buenos Aires). Investigador en CONICET con sede en el IHuCSo, UNL. También se desempeña como docente de grado y posgrado. En diálogo con RTS Medios comentó algunos de los cambios sociales más destacados.
— ¿Cuáles fueron los cambios más notorios a nivel social luego de la pandemia?
— Concluida la pandemia de Covid 19, y con cierta distancia, podemos analizar algunos aspectos de lo que nos dejó. Es importante destacar que es difícil establecer cambios provocados solamente por la pandemia. En vez de operar como un punto de inflexión que da origen a algo completamente nuevo, contribuyó a profundizar, a acelerar dinámicas preexistentes. Así, más que un giro civilizatorio repentino, lo que provocó fue una intensificación de procesos que ya estaban en marcha, que se amplificaron, se volvieron evidentes, masivos o partes de nuestra vida cotidiana.
Entre estas aceleraciones podemos mencionar la digitalización de la vida cotidiana y sus múltiples efectos. Cada vez más áreas de la vida están articuladas, se hibridan con o dependen del uso de internet y lo digital: pensemos el mundo laboral, los ámbitos de la educación y la salud como están atravesados por las nuevas tecnologías de la información. Esto fue acelerado a partir de la pandemia, debido a que la interrupción forzada de las rutinas implicó readaptar las tecnologías a las necesidades que imponían las restricciones.
En el plano político, algo similar ocurrió con la agudización de la polarización, el avance de las derechas radicales y el deterioro de la calidad democrática en varios países occidentales. Desde luego la pandemia no inventó ese giro, cuando el virus llegó, la polarización ya era intensa en lugares como Estados Unidos, y gobiernos con rasgos liberales ya estaban consolidados en países como Hungría o Brasil. Sin embargo, la crisis sanitaria ofició de terreno fértil para profundizar dinámicas previas. El miedo, la incertidumbre económica y la excepcionalidad normativa habilitaron discursos que oponían libertad individual y cuidado colectivo, reforzaron la desconfianza hacia expertos e instituciones y sus medidas o estrategias de intervención, como el desarrollo de vacunas.
— ¿Los cambios externos también impactaron a las personas en sí? ¿En qué lo podemos notar?
— Los cambios estructurales también impactaron en las personas, en sus estilos de vida y las maneras de vincularse. Pero esto no ocurre de manera homogénea ni lineal en todos los sectores. Desde la pandemia de Covid-19 en adelante, se han publicado informes, estudios e investigaciones que dan cuenta, cada cual con sus particularidades, de un incremento tanto en algunos diagnósticos de tipo psiquiátrico, como en el consumo de medicación psicoactiva a nivel mundial. Estamos en presencia de lo que algunos autores han denominado psico-crisis, de una crisis generalizada del estado de ánimo. Por supuesto, esto no comenzó ni en, ni por la pandemia. Pero, según se observa en los datos, contribuyó a profundizar. Por mencionar algunos, podemos ver el crecimiento de las tasas de suicidios a nivel mundial, que en varios países, antes de la pandemia venían disminuyendo. Según la Organización Mundial de la Salud (2025) más de 720.000 personas fallecen por suicidio cada año en el mundo y es la tercera causa de defunción entre las personas de 15 a 29 años a nivel mundial en 2021. Según la Organización Panamericana de la Salud (2025) en la región de las Américas se observa un significativo aumento de los suicidios, registrándose un crecimiento del 17% entre 2000 y 2021. La pandemia de COVID-19 intensificó aún más los factores de riesgo conocidos para el suicidio, como el desempleo, la inestabilidad financiera y el aislamiento social. Específicamente, en Argentina las estadísticas revelan la escalada del problema, especialmente en la juventud. Según un informe del Fondo De Las Naciones Unidas Para La Infancia (2019) la tasa de suicidios adolescentes se triplicó desde principios de 1990. En 2023 el suicidio se convirtió por primera vez en la principal causa de muerte entre mujeres de 10 a 19 años a nivel nacional (González y Bein, 2024). En ese año se registraron 4.197 suicidios en el país, la cifra más alta de la serie analizada entre 2017 y 2023 (Ministerio De Seguridad De La Nación, 2024). También el suicidio pasó a ser la principal causa de muerte violenta en Argentina en 2023, representando el 38,1% de las mismas, superando a las muertes viales y homicidios dolosos. Estas cifras no se comprenden sólo por los efectos de la pandemia, sino que está acompañada de una crisis económica y de un desfinanciamiento de la salud pública y, con esto, de los servicios de salud mental.
Pero, en términos generales, sobre la salud mental estos acontecimientos inesperados que alteraron radicalmente la vida cotidiana, modificaron -al menos temporalmente- nuestras creencias profundas sobre el devenir del mundo. La disolución de lo que dábamos por sentado, por normal, nos condujo a un cambio en la percepción global del mundo, como si el suelo en el que vivimos es más inestable, inseguro de lo que creíamos que era. Está más presente la posibilidad de que otra pandemia o catástrofe colectiva pueda volver a ocurrir.
— ¿Hay nuevas manifestaciones sociales en cuanto a vínculos y formas de comunicación, esto es un proceso normal dentro de la sociedad o fue producto o acelerado por la pandemia?
— En cuanto a los vínculos y formas de comunicación, lo que observo no es tanto la aparición de fenómenos completamente nuevos, sino que la digitalización de la vida cotidiana consolidó más sociabilidades mediadas por tecnologías digitales. Se profundizaron formas de sociabilidad híbridas, donde lo presencial y lo digital se combinan. Las videollamadas, las aplicaciones, redes sociales, los encuentros virtuales si bien existían, con el aislamiento cobraron mayor protagonismo y se convirtieron en herramientas centrales para sostener vínculos familiares, laborales y afectivos. Lo que antes podía aparecer como una alternativa secundaria pasó a ser, durante un tiempo, casi la única forma de interacción posible. Ese proceso dejó una marca duradera y hoy muchas de esas prácticas continúan integradas a la vida cotidiana. Estoy pensando en una modificación en las formas de recreación y ocio, con la notable expansión de los juegos online, y la emergencia de problemáticas como las apuestas online. También permeó en las transacciones comerciales, con el uso de las billeteras virtuales. Además, en las relaciones íntimas, como en las formas de encontrar pareja, de tener encuentros sexuales presenciales o virtuales. Al mismo tiempo, las redes sociales y los entornos digitales se consolidaron como espacios centrales de discusión pública y de conflicto político. La pandemia amplificó esta dinámica porque gran parte de la interacción social y del debate público se trasladó a estos espacios. En la post pandemia es cada vez más difícil imaginar la vida cotidiana y nuestras maneras de vincularnos sin la presencia de estos dispositivos tecnológicos.
—¿Qué conclusiones puedes sacar de estos fenómenos, procesos y sucesos que se dieron post pandemia?
— Es complejo extraer conclusiones tajantes sobre estos fenómenos tan amplios y cuyas consecuencias todavía estamos intentando dilucidar y comprender. No obstante, la post pandemia no es un mundo nuevo, sino que se aceleraron tendencias que ya estaban en marcha. De esta manera, acentuó problemas de salud mental, la expansión de las plataformas digitales y redes sociales, la fragilidad de los lazos sociales y la desconfianza hacia las instituciones que ya formaban parte del paisaje social antes de la pandemia. Usando las metáforas que circulaban en ese entonces, podemos decir, aunque parezca contradictorio, que retornamos a una normalidad que ya no es la misma.
Fuente: RTS Noticias