“De acá salen muertas o locas”: Las violencias de género en la dictadura

Las mujeres y las disidencias, en especial el colectivo trans travesti, sufrieron agresiones específicas que tenían como objetivo el sometimiento de sus identidades. Stella Vallejos, Noly Trujillo y Romina Marucco analizan lo ocurrido y cómo los feminismos fueron clave para desmontar el silencio y los estigmas.

Victoria Rodríguez

RTS Medios

El cuerpo de las mujeres (y las disidencias) ha sido siempre territorio de disputa y, durante la última dictadura cívico militar, la violencia tomó formas particulares para someterlas y humillarlas. Ese accionar específico fue considerado, en los juicios, como un delito de lesa humanidad y, en la construcción de memoria, como un elemento clave para dar cuenta de la dimensión real de las agresiones ejercidas por el Estado.


“En ese plan sistemático que fue el terrorismo de Estado, también estaban los crímenes sexuales, un terrorismo sexual que está imbricado dentro de todo lo que hicieron”, resaltó Romina Marucco, militante feminista y de derechos humanos, y agregó: “El terrorismo de Estado lo que hizo fue desarticular todos los vínculos: fue un accionar que rompió lazos, y ahí también se inscribe la violencia sexual”.

 

Para las sobrevivientes, como Stella Vallejos, la resistencia estuvo, justamente, en la posibilidad de construir y sostener esos lazos. “Nos decían que íbamos a salir muertas o locas y nos resistíamos”, recordó y contó que, mientras estaban detenidas, “hacíamos de todo, teatro, contarnos libros, para seguir siendo personas”.


En el caso de las personas trans travestis –que en esos tiempos no siempre se identificaban de esa manera– las agresiones sufridas no fueron, necesariamente, parte del plan sistemático del terrorismo de Estado pero sí de la violencia institucional que se profundizó durante la dictadura y se mantuvo en democracia.

En una publicación de 1996, Carlos Jáuregui señaló: “Nuestra comunidad, como toda minoría en tiempos dictatoriales, fue víctima privilegiada del régimen”. Y recuperó un informe del fallecido rabino Marshal Meyer, miembro integrante de la CONADEP (Comisión Nacional para la Desaparición de Personas) que marcaba que entre las personas denunciadas como desaparecidas había 400 homosexuales. “No habían desaparecido por esa condición, pero el tratamiento recibido, afirmaba el rabino, había sido especialmente sádico y violento, como el de los detenidos judíos”, remarcó Jáuregui.


Nombrar la violencia, romper el silencio


“Seis años, seis meses y 20 días, contados por mi madre”, así responde Stella Vallejos a la pregunta sobre cuánto tiempo estuvo detenida durante la última dictadura cívico militar. Junto a Anatilde Bugna, Patricia Traba, Hilda Benavidez, Raquel Juarez, Silvia Abdolatif, Virginia Aguirre, Mabel Caminos y Ana María Cámara integró el grupo conocido como “las chicas del GIR”, detenidas en marzo de 1977, cuando eran adolescentes.


Los horrores y violencias que vivieron en esos años fueron parte central de los testimonios que lograron la condena del ex juez Víctor Hermes Brusa, los ex policías Eduardo Curro Ramos y Juan Perizotti, y la ex carcelera María Eva Aebi. Fue el primer juicio por delitos de lesa humanidad que dio cuenta, puntualmente, de las agresiones sufridas por las mujeres detenidas por el hecho de ser mujeres. Stella, Anatilde y Patricia fueron, además de testigos, querellantes en la causa.

“Cuando estábamos en situación de secuestro, donde la vulnerabilidad era absoluta, en manos de varones que sentían un poder total sobre nosotras, hacia los cuerpos de las mujeres hubo un ingrediente específico: la violencia sexual”, detalló Vallejos, quien durante esa época desarrolló lo que se conoce como una “amenorrea de guerra”, un proceso biológico por el cual el cuerpo detiene la ovulación como respuesta de supervivencia.


Ni siquiera el regreso de la democracia fue suficiente para que esos hechos salieran a la luz y fueran analizados desde una perspectiva de Derechos Humanos. Fue necesario que las corrientes feministas volvieran a atravesar la escena pública y a interpelar a las sobrevivientes para que contarlos fuera una necesidad en la construcción de la memoria y en la búsqueda de la Justicia.


“Yo no quería que mi papá se entere porque le iba a generar un sufrimiento más, además de haber estado secuestrada. Tampoco quería que se enteren mis hijos porque sentía que yo les estaba generando dolor”, contó Stella y agregó: “Después, y gracias a los feminismos, fui comprendiendo lo que es la violencia patriarcal. Fui como dándome cuenta de que la violencia hacia los cuerpos de las mujeres y de las niñas que estuvieron detenidas durante esa época oscura deviene de toda una construcción social, y que nuestros silencios también responden a eso. Gracias a los feminismos yo pude explicarlo, contarlo, y lo voy a seguir haciendo hasta el último momento”.


“Éramos cosas aberrantes para la sociedad”


Noly Trujillo tenía 16 años cuando la detuvieron por primera vez. Era 1979 y ella todavía no se llamaba a sí misma una mujer trans pero empezaba a vivir de forma pública su identidad de género feminizando sus rasgos. El pelo largo ya era considerado una razón para ser llevada por la policía con la excusa de una contravención al Código de Faltas que penaba el travestismo –esta herramienta de persecución persistió hasta 2010–.


“Te detenían, te llevaban a Alcaidía y después el juez te decía cuántos días ibas a cumplir”, recordó en diálogo con RTS Medios. Siendo menor, no correspondía que quedara detenida, sin embargo el juez de turno siempre le daba algunos días en la celda.


Si bien no eran en centros clandestinos de detención, en las comisarías las violencias contra las mujeres trans travestis se vinculaban, también, a la humillación y el sometimiento.


“Éramos cosas aberrantes para la sociedad, entonces los malos tratos eran de todos lados: la policía, la gente, la expulsión de las familias, sin ningún tipo de derechos ni garantías”, remarcó Noly y agregó: “Mientras estábamos detenidas, ya de por sí éramos tomadas como menos que seres humanos. Los militares habían dado una autoridad increíble a la policía, y la policía hacía lo que quería”.


En medio del odio y las agresiones, las celdas eran espacios de encuentro y reconocimiento. Fue en esos lugares donde muchas personas trans conocieron, por primera vez, a alguien como ellas. Entonces, en medio del dolor y el miedo, apareció la esperanza, la solidaridad.


Después de conocerse en esos espacios, acordaban encontrarse en sus casas para compartir experiencias y construir comunidad. “Era andar por las calles oscuras, manejarnos por las vías de un barrio a otro porque sabíamos que ahí no andaba la policía: correr, subirte a un árbol, meterte abajo de un auto, siempre tratando de que no te agarren”, dijo Noly Trujillo y reconoció que durante muchos años esa vivencia la acompañó: “Yo veía un patrullero y quedaba inmovilizada”.


Cuando Noly piensa en esa adolescente de 16 años que estaba sola en una celda, quiere decirle: “Qué fuerte que fuiste, porque yo de por sí era muy miedosa, insegura, llorona, y sin embargo me la banqué y seguí adelante a pesar de las puertas cerradas, a pesar de esa violencia no solo del Estado, sino también de la sociedad en general hacia nosotras. Seguí adelante. Era lo que yo sentía. No se hablaba de identidad de género, pero yo sabía que había nacido con mi género femenino, entonces ya no había vuelta atrás. Me siento orgullosa de todo lo que pasó y de cómo pude aprender de cada una de esas experiencias, sacar un aprendizaje y no tenerlas en la mochila. Poder soltar también”.


Lo personal es político, en clave colectiva


Romina Marucco es militante de HIJOS Rosario y de la Asamblea Lesbotransfeminista y, en diálogo con RTS Medios, analizó cómo los feminismos fueron clave para poder analizar más en profundidad los crímenes de la dictadura.

“El feminismo, sobre todo la cuarta ola en Argentina, vino a visibilizar esta mirada en clave de género de los horrores y del plan sistemático de la dictadura, y permitió que muchas sobrevivientes pudieran comprender lo que les había pasado”, explicó y siguió: “Creo que es difícil incluso hoy poder hablar y analizar esto, pero hubo condiciones –como el pedido de perdón del Estado, los juicios y las luchas feministas– que habilitaron que muchas pudieran decir ≪A mí me pasó≫”.


Marucco resalta que estas violencias específicas afectaron también a algunos hombres y que es el peso del patriarcado el que dificulta que estos temas se hablen abiertamente. “A los varones también les costó mucho más poder decirlo, porque tiene que ver con la feminización y la cosificación de esos cuerpos como forma de humillación”, amplió.


En relación a las disidencias, la militante reconoció que parte de las violencias que sufrieron en esa época se sostienen aún hoy. “Con respecto a las compañeras travesti trans, ellas fueron perseguidas por otro tipo de situaciones, que también hay que poder aclarar, que son los códigos contravencionales y la moralidad pública”, dijo y agregó: “Son las mismas prácticas que hoy siguen estando en la policía, y si nos ponemos a mirar la violencia institucional que viven, sobre todo en los barrios, son quienes hoy siguen viviendo esa actitud por parte de las fuerzas de seguridad”.


Finalmente evaluó que “el feminismo permite entender que lo personal es político en clave colectiva, y eso dialoga directamente con la lucha de los derechos humanos”. Y llamó a las generaciones jóvenes –en un contexto de avanzada de los discursos negacionistas– a recordar que “las luchas nunca empiezan cuando uno llega: siempre hay luchas anteriores, y eso es lo que permite entender el presente”.


Este contenido forma parte de un especial de RTS Medios a 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina. La cobertura incluye entrevistas, notas, producciones audiovisuales y piezas para redes que abordan distintas dimensiones del período y sus impactos en el presente.

Fuente: RTS Medios