El cuerpo y la mente hablan, se expresan y el amor es uno de los componentes que moviliza y gestiona el ser. Cada persona tiene su propia experiencia. En RTS Medios pusimos en diálogo las visiones de la psicóloga y sexóloga Ana Blanc y el Prof. de filosofía Juan Denis.
Valeria Elías
RTS Medios
El amor es más que la pareja, se expresa en diferentes situaciones y personas, hacia diferentes objetos de afecto. En las personas y las parejas el amor se vive de formas diferentes pero el amor sigue siendo el mismo. Desde la perspectiva filosófica se plantea el amor propio como una forma de amar al otro en principio. Ana Blanc, psicóloga, sexóloga, terapeuta de parejas y Juan Denis, profesor de Filosofía y Pos Titulado en Epistemología de la Educación en contacto con RTS Medios, hicieron llegar su punto de vista.
Amor y deseo, una convivencia compleja
Lic. Ana Blanc
Como psicóloga, sexóloga y terapeuta de parejas puedo decir, en primer lugar, que el amor es un concepto abstracto y complejo. El amor claramente no es solo romántico, no es solo de pareja. Existe el amor como sentimiento hacia las personas y hacia los animales; es algo muy abarcativo.
Si vamos a hablar del amor en vínculos socioafectivos entran en juego un montón de situaciones, como por ejemplo entender que en las primeras etapas de esta relación se entiende por amor algo que es una cuestión química, que es el enamoramiento. No lo entendemos propiamente como amor porque es una cuestión química en el cerebro que nos altera la percepción y nos hace necesitar de la otra persona como una adicción y dura un tiempo corto; tiene fecha de vencimiento, unos seis meses dicen algunos, otros un año como mucho.
Lo que está claro es que el enamoramiento es breve, tiene un periodo y no es amor. El amor comienza a manifestarse cuando a la persona la podemos elegir en función de sus luces y sus sombras. Los griegos antiguos distinguían varias formas de amor, siendo Ágape, Eros y Philia las tres principales. Eros representaba el deseo pasional y sexual, Philia a la amistad profunda y fraterna basada en la admiración y Ágape, al amor incondicional, desinteresado y compasivo, a menudo asociado al cuidado máximo o amor espiritual.
Es interesante hablar de distintos tipos de amor y como el amor en un vínculo sexoafectivo se va transformando con el tiempo. Va de mayor intensidad, de Eros a Ágape y Philia. En la propia evolución del amor se va perdiendo intensidad y ganando seguridad. Eso lo dice la autora del libro «Inteligencia Erótica», Esther Perel. Ella sostiene que en los vínculos sexoafectivos siempre hay un conflicto entre la búsqueda de novedad y la necesidad de seguridad. Allí se juega todo. Suele ocurrir que deseamos novedad para seguir eligiéndonos, sentir que la relación está viva y al mismo tiempo, si le ponemos mucha novedad nos agarra inseguridad. Suele ocurrir que las parejas sienten que no se aman más porque no hay chispa o porque no hay novedad o porque se perdió esa sensación de entusiasmo por la otra persona. En verdad, muchas veces sí hay amor y lo que se apaga es el deseo. Por lo tanto, siempre hablo de la división entre el amor y el deseo. Ocurre que el deseo se nutre de la novedad, de la ausencia del otro, de no sentir la seguridad de tener a la persona. Por este motivo, muchas veces los celos nutren el deseo. No están buenos pero hay que reconocer que funcionan en ese sentido.
Hay un dicho popular, muy horrible por cierto, que es interesante para analizar: “no tengo la vaca atada”. El deseo se nutre de eso, de la distancia, de no tener al otro, de la novedad, de lo incierto, de lo distinto, de modificar la monotonía, de evitar la rutina. Y el amor se nutre de todo lo opuesto, de pasar tiempo con la otra persona, de la seguridad, de la certidumbre, de la cercanía. Por este motivo, como nos enseñaron que deseo y amor van juntos, aparecen los conflictos, porque en verdad se nutren de elementos distintos y hay que conocer ese equilibrio, conocerlo y ver cómo gestionarlo de forma individual o en pareja.
La flecha de cupido y la cultura contemporánea
Prof. Juan Denis.
Cada 14 de febrero el amor reaparece como consigna. Se lo celebra, se lo adorna, se lo vuelve amable. Sin embargo, hay algo profundamente engañoso en esa operación: se presenta al amor como un premio accesible, como un estado deseable al que cualquiera puede llegar si hace las cosas bien. Nada más lejos de la experiencia real.
El amor no es una emoción educada ni un logro personal. No responde al esfuerzo, no obedece al mérito y no aparece cuando uno está preparado. El amor irrumpe. Acontece. Desordena. Y, sobre todo, no pide permiso.
La tradición clásica lo sabía mejor que nosotros. El mito de Cupido nunca fue ingenuo: la flecha viene de afuera y duele. Es involuntaria e inoportuna. Enamorarse no es el yo sin soberanía, es la incomodidad de no tener el control.
Sin embargo, la cultura contemporánea insiste en lo contrario. Se nos repite que antes de amar hay que amarse a uno mismo, que el amor llega cuando uno está completo, que solo accede al vínculo quien logró un equilibrio emocional previo.
El amor queda así convertido en una recompensa para sujetos autosuficientes y llenos de yoga, constelaciones, horóscopo y frases de fibrón en la pizarra de cocina. El problema es que esos sujetos no existen, son un invento de los que venden esos proyectos.
El mandato del “amor propio” entendido como autosuficiencia no produce vínculos más sanos, sino individuos encapsulados. Y el yo clausurado no ama; apenas negocia. Amar implica, aunque sea por un instante, olvidar que somos el centro. Por eso la idea de que primero hay que resolverse para luego amar es solo una fantasía narcisista.
Otro rasgo característico de nuestra época es la desconfianza hacia el deseo. Se intenta purificar el amor de toda intensidad erótica, como si el deseo fuera un problema que hay que corregir. Sin embargo, sin deseo no hay amor. Puede haber amistad, afecto, cuidado, pero no amor erótico. El intento de separar ambos términos no vuelve más seguros a los vínculos; los vuelve pálidos.
En este punto, la definición de Marcel Schwob conserva una vigencia incómoda: “el amor es el deseo de unirse, de fundirse, de confundirse”. Allí donde el deseo desaparece, el amor se convertirá en otra cosa. Si no hay deseo, podrás recitar mil mantras de amor a vos mismo, pero nunca te enamorarás.
El amor no responde a una lógica biológica simple. Si fuera solo reproducción, bastaría el acto y cada uno seguiría su camino. Pero no ocurre así. Las personas siguen apostando al vínculo porque el amor toca una fibra más honda: nuestra relación con la finitud. Amar es una de las pocas experiencias que suspenden, aunque sea por un instante, la conciencia de la muerte. El arte, el amor y los vínculos auténticos comparten esa capacidad: nos sacan del cálculo, nos arrancan del tiempo utilitario. Por eso el amor no promete felicidad. Promete intensidad.
Es por eso que, como sostengo en mi libro “Filosofía para enamorados”, no nos enamoramos para ser felices. La felicidad, entendida en sentido clásico, es persistencia, hábito, armonía. El amor no funciona así. El amor no se construye por acumulación de virtudes ni por repetición disciplinada. Acontece sin previo aviso y obliga luego a reordenar la vida alrededor de él.
La felicidad puede servir al amor, ayudar a sostenerlo, darle continuidad. Pero no lo explica ni lo produce. Pensar que el amor es un medio para alcanzar bienestar emocional es confundir los planos.
Tal vez por eso se ha vuelto objeto de consumo. Frases prefabricadas, ideales mínimos, escenas triviales elevadas a promesa. La experiencia real es menos amable: incluye conflicto, renuncia, incomodidad. Incluye al otro en su diferencia. Incluso el matrimonio, tan cuestionado hoy, no es un residuo arcaico sino un tipo de pacto histórico. No es obligatorio ni eterno, pero tampoco descartable. Cada época inventa sus formas de amar y sus contratos.
El amor no es un derecho adquirido ni un estado garantizado. Es un acontecimiento que puede no ocurrir, que puede terminar y que, cuando sucede, exige coraje.
Quizás el mejor homenaje que puede hacerse al amor, en un día como este, no sea idealizarlo, sino recordarlo en su forma más honesta: como una experiencia que no promete salvación, pero que, cuando aparece, vuelve la vida más real.
Fuente: RTS Noticias