Las voces del historiador Marcelo Larraquy y del exiliado político Hugo Suppo reconstruyen cómo se conocieron en el exterior los crímenes de la dictadura argentina y por qué, medio siglo después, la memoria sigue siendo una herramienta clave para defender la democracia.
Por Nachi Hernández
RTS Medios
A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la última dictadura militar argentina sigue siendo un punto de referencia para comprender el presente. No solo por la magnitud del terrorismo de Estado que dejó miles de desaparecidos, sino también por las preguntas que aún interpelan a la sociedad: ¿qué sabía el mundo sobre lo que ocurría en el país? y ¿cómo esa verdad logró atravesar el silencio impuesto por el régimen?
Las reflexiones del historiador y periodista Marcelo Larraquy y el testimonio del ex militante y exiliado Hugo Suppo permiten reconstruir ese proceso desde dos miradas distintas pero complementarias: la investigación histórica y la experiencia personal de quienes tuvieron que escapar para sobrevivir.
Ambos coinciden en algo central: la memoria no es solo una reconstrucción del pasado, sino una defensa activa de la democracia en el presente.
Cómo el mundo empezó a enterarse
Dentro de Argentina, la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla construyó un sistema de censura, miedo y silencio que dificultaba conocer la magnitud de lo que estaba ocurriendo.
Sin embargo, fuera del país comenzaron a surgir voces que denunciaban la represión. Para Larraquy, el proceso fue lento y fragmentario. La información llegaba al exterior a través de redes de exiliados, periodistas y organismos de derechos humanos.
“Había dos polos de información muy fuertes”, explicó y agregó: “Uno era México y el otro Francia, donde se habían instalado importantes comunidades de exiliados argentinos”.
Miles de personas abandonaron el país durante esos años, muchos incluso antes del golpe, perseguidos por la violencia política y por la organización parapolicial Alianza Anticomunista Argentina (Triple A).
En el exterior, esos exiliados comenzaron a contar lo que ocurría dentro de la Argentina. En Francia, sectores políticos y sociales, incluido el Partido Socialista, acompañaron las primeras campañas internacionales de denuncia. Con el tiempo, la red se extendió hacia otros países europeos como Holanda y Suecia.
Aun así, transmitir la información no era sencillo.
“La dictadura era un muro”, resume Larraquy. Incluso los corresponsales extranjeros que trabajaban en Argentina enfrentaban enormes dificultades para publicar lo que veían.
El Mundial 78 y la atención internacional
Uno de los momentos en que la mirada del mundo se posó sobre el país fue durante la Copa Mundial de la FIFA 1978.
Mientras el gobierno militar buscaba mostrar una imagen de normalidad, organizaciones de derechos humanos aprovecharon la presencia de periodistas y delegaciones internacionales para denunciar lo que ocurría.
“Había campañas para visibilizar que a pocos metros del estadio de River funcionaba un centro clandestino de detención”, recuerda Larraquy, en referencia a la Escuela de Mecánica de la Armada.
En ese momento, muchos de los detalles sobre los centros clandestinos todavía eran desconocidos. Gran parte de los testimonios recién comenzaron a salir a la luz hacia fines de la década, cuando sobrevivientes liberados pudieron contar lo que habían vivido.
Un continente atravesado por dictaduras
El contexto regional también dificultaba la difusión de las denuncias. Durante los años 70, gran parte de América del Sur estaba gobernada por regímenes militares: Brasil, Chile, Uruguay, Bolivia y Paraguay.
En ese escenario se desarrolló la Operación Cóndor, una red de cooperación entre servicios de inteligencia destinada a perseguir opositores políticos incluso fuera de sus países.
“Fue una coordinación represiva transnacional”, explica Larraquy. “Los servicios de inteligencia compartían información sobre exiliados y militantes”.
En Buenos Aires funcionaron centros clandestinos vinculados a esa estructura regional, como Automotores Orletti, donde operaban agentes de distintos países.
El exilio como reconstrucción de una vida
Para Hugo Suppo, la dictadura no es solo un capítulo de los libros de historia. Es una experiencia personal que comenzó cuando tenía apenas 19 años.
Militante montonero en su juventud, fue secuestrado y torturado por fuerzas represivas en Santa Fe. Su vida cambió de manera abrupta cuando logró escapar y abandonar el país en 1977.
“Se excedieron con la picana eléctrica y me desmayé”, recuerda y sigue: “Cuando me llevaron al hospital pude escapar”.
Días después salió de Argentina con documentos prestados. Primero llegó a Uruguay y luego a Brasil.
“Llegué con una mano atrás y otra adelante, con una bolsita y cien dólares”, cuenta.
Brasil también atravesaba una dictadura militar, pero aun así se convirtió en un lugar de refugio para muchos exiliados sudamericanos que escapaban de la persecución.
“Había argentinos, chilenos, uruguayos… todos escapando de lo mismo”, recuerda.
Aprender a empezar de nuevo
El exilio implicó perder casi todo: familia, amigos, el idioma cotidiano y las referencias culturales. Pero también significó la posibilidad de reconstruir una vida.
“Decidí hacer como dicen: en Roma, como los romanos”, cuenta Suppo. “Aprendí portugués, estudié y me integré”.
En Brasil comenzó una nueva etapa: estudió Historia en la universidad, se casó, formó una familia y se convirtió en profesor universitario.
Hoy se define como un “híbrido cultural”. “Amo Argentina, amo Brasil y amo Francia, donde también viví varios años”, dice.
La memoria y la autocrítica
Con el paso del tiempo, Hugo también reflexiona sobre los errores de la militancia armada de los años 70.
“Nosotros también tenemos que hacer autocrítica”, reconoce y agrega: “El extremo en el que entramos no fue un buen camino”.
Aclara, sin embargo, que esa revisión no implica relativizar la responsabilidad del Estado. “El terrorismo de Estado tiene una responsabilidad infinitamente mayor”, afirma.
Para él, esa autocrítica fue parte del aprendizaje político que permitió fortalecer la democracia en las décadas posteriores.
A 50 años del golpe, la transmisión del pasado se vuelve un desafío central para la democracia
Desde el regreso democrático en 1983 y el impulso del Juicio a las Juntas durante el gobierno de Raúl Alfonsín, el país avanzó en un proceso sostenido de búsqueda de verdad y justicia que, con la reapertura de causas, consolidó cientos de investigaciones judiciales.
Para Marcelo Larraquy y Hugo Suppo, ese recorrido no solo fortaleció la democracia, sino que hoy enfrenta un nuevo reto: llegar a generaciones atravesadas por la sobreinformación y los discursos negacionistas. En ese contexto, la vigencia de la memoria y la defensa cotidiana de los valores democráticos aparecen como ejes que continúan marcando la agenda pública.
Este contenido forma parte de un especial de RTS Medios a 50 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina. La cobertura incluye entrevistas, notas, producciones audiovisuales y piezas para redes que abordan distintas dimensiones del período y sus impactos en el presente.
Fuente: RTS Medios