Esta fiesta popular es sinónimo de máscaras, música, bailes y fiesta colectiva. En el mundo y en nuestro país tienen su historia y tradición. Ana Carina Bradanini especialista en artes y carnaval conversó en RTS Medios sobre sus orígenes y sus diferentes versiones.
Valeria Elías
RTS Medios
Las fechas de carnaval convocan a los turistas y a los locales a una celebración en donde la música, el baile y la mística generan una sinergia especial y comulgan con la calidez, la fraternidad y las ganas de pasar un momento alegre y divertido. La historia del carnaval desentraña visiones culturales representadas en creencias y mitos.
La especialista Ana Carina Bradanini es licenciada en Comunicación Social, con formación de posgrado en Gestión Cultural y diplomaturas especializadas en arte y carnaval. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes como formadora de jurados del carnaval del Litoral.
En diálogo con RTS Medios, la entrevistada respondió algunas inquietudes.
A la pregunta de qué es el carnaval, Ana Bradanini señaló: “Definir el carnaval es casi imposible. Es una palabra de límites difusos, difícil de encerrar en una sola idea, porque es fiesta, es arte, es exceso, es diversión y también, si se quiere, una forma de comprender la vida. Suele asociarse a la celebración colectiva previa a la Cuaresma cristiana, pero incluso ese encuadre resulta insuficiente. Sus orígenes remotos se encuentran en festividades de la antigüedad como las saturnales romanas, las bacanales y los cultos a Dionisio o Isis, celebraciones atravesadas por el exceso y por el ritual de la inversión, donde las jerarquías sociales se suspendían y los roles podrían invertirse. Con la expansión del cristianismo, estas fiestas no desaparecen, sino que se resignifican y se ubican en los días previos al inicio de la Cuaresma, como una última licencia antes del tiempo de recogimiento. Con la conquista y la evangelización, el carnaval llega a América y se mezcla con las prácticas de los pueblos originarios y, más tarde, con las tradiciones africanas traídas por la esclavitud, dando lugar a expresiones híbridas”.
Agregó luego: “En la Argentina, ese proceso puede verse en el carnaval de Humahuaca, donde conviven rituales andinos ancestrales ligados a la fertilidad con el calendario cristiano; en el carnaval chané de máscaras del Chaco; en el arete guasú guaraní, celebrado en el norte argentino; y también en las murgas porteñas y los corsos barriales, atravesados por herencias afro y populares. A lo largo de siglos, este mestizaje dio forma a carnavales diversos, desde grandes fiestas urbanas hasta celebraciones pequeñas, donde el juego, el disfraz, el cuerpo y la calle siguen siendo modos de vivir carnavalizados”.
“Hablar de tipos de carnavales – explicó la licenciada– implica, casi de manera inevitable, aceptar que existen tantos carnavales como pueblos, culturas o comunidades que deciden celebrarlo. Aunque en muchos casos se vincula al calendario litúrgico cristiano y a los días previos a la Cuaresma, el carnaval no siempre ocurre en el mismo momento ni adopta una forma única. Puede ser un desfile de comparsas, un juego callejero, una fiesta náutica, un corso barrial, una gran puesta en escena urbana o una celebración comunitaria más íntima. En algunos lugares se concentra en unos pocos días y en otros se extiende durante semanas, como sucede en Montevideo, que tiene el carnaval más largo del mundo, o en la Argentina en ciudades como Gualeguaychú, Gualeguay, Corrientes, Misiones o Entre Ríos, donde existen múltiples noches de desfile que van más allá del feriado oficial. Algo similar ocurre en comunidades andinas, donde el carnaval tiene un núcleo central pero se despliega en previas y celebraciones que amplían el tiempo festivo”.
“Lo que diferencia a los distintos carnavales no es solo su duración o su forma, sino el modo en que cada comunidad pone en juego su identidad a través de un arte lúdico y festivo. En todos los casos aparecen, con mayor o menor intensidad, la inversión de jerarquías, el exceso, el barroquismo estético, el juego con el cuerpo y la escena pública como espacio de expresión y resistencia. El carnaval habilita, por un tiempo, la posibilidad de ser otro, de elegir quién ser y mostrarlo colectivamente. Por eso conviven formas tan diversas como la máscara refinada del carnaval veneciano, la vaca del corso en el litoral argentino o el buey de las fiestas populares en Brasil. Esa diversidad no es una excepción: es, justamente, la esencia del carnaval” cerró la idea la entrevistada.
Carnaval toda la vida y en diferentes puntos
Hay diferentes tipos de carnavales, cada uno celebra acorde a su historia e idiosincrasia. analizar las diferentes versiones y su relevancia brinda un panorama paisajístico de luces, colores y diferentes ritmos.
En el cuestionamiento de cuáles son los carnavales más importantes del mundo, Carina Bradanini expuso: “la respuesta más honesta es que el carnaval más importante es siempre el de tu ciudad, el de tu comunidad, el que se vive en primera persona. Dicho esto, existen carnavales que han sido reconocidos por su valor cultural a escala global: la UNESCO declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad al Carnaval de Barranquilla, al Carnaval de Oruro y al Carnaval de Binche, entre otros. En nuestra región es imposible no mencionar el Carnaval de Río de Janeiro, patrimonio cultural de Brasil y una de las mayores expresiones de arte festivo del planeta. En la Argentina, el carnaval también es patrimonio, aunque muchas veces desde reconocimientos nacionales y regionales: las murgas porteñas, los carnavales andinos, las comparsas del litoral forman parte del patrimonio cultural argentino, al igual que expresiones específicas como la corneta murguera en Gualeguaychú”.
Y continúo su relato: “En términos de carnaval comparsa y carnaval show, se destacan dos grandes fiestas nacionales: la Fiesta Nacional del Carnaval del País en Gualeguaychú, con once noches en el primer corsódromo del país, y el Carnaval de Corrientes, Capital Nacional del Carnaval, con más de diez desfiles, comparsas de hasta mil integrantes y una complejidad artística, musical y estética realmente excepcional. A eso se suman otros carnavales de enorme valor, como el de Lincoln, Capital Nacional del Carnaval Artesanal. Todos ellos confirman que no existe un único carnaval importante, sino múltiples expresiones de un mismo arte festivo que se recrea colectivamente”.
Para finalizar con la nota, destacó: “Lo más relevante del carnaval es, quizá, que funciona como una suerte de reino del revés. Es una celebración donde la creación es comunitaria y donde, por un tiempo, las jerarquías se invierten. El poder, el prestigio y los roles sociales habituales se corren de lugar y permiten que aparezcan otras voces, otros cuerpos y otras formas de ser. Un ejemplo muy claro de esto ocurrió cuando Río de Janeiro presentó su candidatura como sede de los Juegos Olímpicos: quien representó a la ciudad fue un barrendero del Sambódromo, Renato Sorriso. Vestido con su uniforme naranja, ese gari que barre el Marqués de Sapucaí y que baila entre escuela y escuela fue llevado al centro de la escena mundial, solo, en el estadio de Wembley, para encarnar la esencia de Río. Un trabajador anónimo pasó a ser rey por un momento”.
“Eso es lo que el antropólogo Roberto DaMatta llama el ritual de la inversión: el negro, el pobre, el trabajador sabe quién es, pero en el carnaval, gracias a su saber y a su cuerpo, puede convertirse en maestro, en protagonista, en figura central. En ese gesto se condensa la potencia del carnaval: la posibilidad de transformarse, de cuestionar el poder hegemónico, de resistir desde el exceso, desde el cuerpo, desde el canto y desde la diversidad. Esa es, quizás, su esencia más profunda”, concluyó la investigadora.
Fuente: RTS Noticias