La neurociencia analiza al deporte en los Suramericanos 2026

Cuando se habla de deportes de alto rendimiento no solo hay que hablar de aptitud física, resistencia y entrenamiento, la neurociencia plantea también el entrenamiento mental necesario para responder a cada situación de competencia. El Dr. Néstor Braidot explicó para RTS Medios de qué tratan estos entrenamientos.

Valeria Elías

RTS Medios

El deporte requiere disciplina, entrenamientos, preparación, tanto en lo físico como mental, no es solo la coordinación y la fuerza, la resistencia mental, la concentración, la estrategia también juegan un rol importante en las competencias y debe ser entrenado. Doctor en Ciencias, Máster en Psicobiología del Comportamiento y en Neurociencias Cognitivas y Máster en Economía. Licenciado en Administración de Empresas, Máster en Programación Neurolingüística, posgrado en Psiconeuroinmunoendocrinología y trainer en rediseño conductual, Néstor Braidot conversó con la periodista de RTS Medios sobre la implicancia de la Neurociencia en el deporte.

 

 

— ¿Cuál es el vínculo de la neurociencia con el deporte?¿Qué debemos tener en cuenta?

 

 

— La neurociencia y el deporte están profundamente vinculados porque todo rendimiento deportivo comienza en el cerebro antes de expresarse en el cuerpo. Percibir una situación, focalizar la atención, anticipar el movimiento del rival, decidir en fracciones de segundo, regular una emoción y finalmente ejecutar una acción motora son procesos en los que intervienen redes cerebrales que trabajan de manera integrada. 

Por eso, cuando entrenamos a un deportista, no entrenamos solamente músculos, técnica y resistencia: estamos entrenando también el sistema que percibe, interpreta, decide y dirige esa ejecución.

Lo importante es comprender que muchas veces la diferencia entre dos deportistas técnicamente similares no está solamente en lo que sus cuerpos pueden hacer, sino en la velocidad y calidad con que sus cerebros utilizan la información disponible. 

Atención selectiva, anticipación, velocidad de procesamiento, memoria de trabajo, control inhibitorio, flexibilidad cognitiva, toma de decisiones y regulación emocional pueden convertirse en variables determinantes del rendimiento. 

Un cerebro deportivo entrenado aprende progresivamente a percibir mejor, anticipar antes, decidir más rápido, regularse mejor y ejecutar con mayor precisión.

Pero también debemos evitar convertir la neurociencia en una explicación mágica del rendimiento. El cerebro no compite separado del cuerpo, y ningún entrenamiento cognitivo sustituye la preparación física, técnica, táctica, el descanso o la nutrición. 

La verdadera potencia aparece cuando todos esos componentes se integran. El gran desafío de las neurociencias aplicadas al deporte no es entrenar un cerebro aislado: es conseguir que cerebro y cuerpo funcionen como un único sistema preparado para responder, especialmente cuando la velocidad, la incertidumbre, la fatiga y la presión llevan al deportista al límite de sus capacidades.

 

— En su libro plantea Emo-energía y autoliderazgo emocional, ¿qué representa estas cuestiones en el deportista?

 

— En mi libro «Neurociencias cuánticas aplicadas al deporte» explicamos que la emo-energía representa la capacidad de transformar el estado emocional en energía funcional para la acción. 

En el deporte, una emoción nunca es solamente algo que el deportista “siente”: modifica atención, percepción, activación fisiológica, toma de decisiones y ejecución. La ansiedad puede dispersar el foco, la frustración puede precipitar una decisión y el miedo puede inhibir una respuesta; pero esos mismos niveles de activación, adecuadamente regulados, pueden convertirse en concentración, determinación y potencia competitiva. La emoción puede consumir energía de rendimiento o convertirse en energía para rendir.

El autoliderazgo emocional supone dar un paso más: que el deportista aprenda a reconocer su estado interno y a intervenir sobre él antes de que ese estado termine dirigiendo su conducta. 

No significa eliminar el miedo, el enojo, la ansiedad o la presión, porque forman parte de la competencia; significa desarrollar recursos para observarlos, regularlos y reconducirlos. En términos neurocognitivos, hablamos de fortalecer procesos de autorregulación, control inhibitorio, atención y metacognición. 

El deportista mentalmente entrenado no es aquel que no siente emociones intensas, sino aquel que aprende qué hacer con ellas cuando aparecen.

Y aquí aparece una dimensión especialmente importante para el alto rendimiento: lograr coherencia entre pensamiento, emoción, intención y acción. Cuando el deportista piensa una cosa, siente otra y ejecuta una tercera, parte de sus recursos se dispersa; cuando consigue alinear su estado interno con aquello que necesita hacer en ese instante, aumenta su disponibilidad para competir eficazmente. 

La Emo-energía y el autoliderazgo emocional buscan precisamente esa transformación: no ser conducido por el estado emocional del momento, sino aprender a conducir ese estado para ponerlo al servicio de la próxima acción.

 

—La resiliencia y aprender de los errores, ¿cómo el deportista debe afrontar esta situación en plena ejecución pública?

 

—La resiliencia deportiva no consiste en no equivocarse ni en permanecer emocionalmente indiferente frente al error. Consiste en desarrollar la capacidad de absorber su impacto, extraer rápidamente la información que contiene y recuperar el estado mental necesario para continuar compitiendo. 

En plena ejecución pública, el error puede adquirir una dimensión adicional porque aparece la mirada del público, del rival, del equipo o de los medios. El verdadero riesgo comienza cuando el deportista deja de competir contra la situación presente y empieza a competir mentalmente contra lo que acaba de ocurrir.

El cerebro necesita aprender a diferenciar dos momentos: durante la competencia se recupera; después de la competencia se analiza. En plena ejecución no conviene abrir un largo proceso de evaluación consciente porque puede alimentar la rumiación, aumentar la carga cognitiva e interferir con habilidades ya automatizadas. 

La respuesta eficaz debería ser breve: reconocer el error, regular la reacción emocional, identificar solamente la corrección imprescindible y regresar a la siguiente acción. Podríamos sintetizarlo así: ERROR → ACEPTO → AJUSTO → SUELTO → VUELVO AL PRESENTE. El error termina cuando proporciona la información necesaria; continuar reproduciéndolo mentalmente sólo prolonga sus consecuencias.

Aprender del error, entonces, no significa quedarse pensando en él, sino convertirlo en información para la próxima decisión. 

Después de la competencia habrá tiempo para analizar causas, descubrir patrones y transformar la experiencia en aprendizaje; durante ella, la prioridad es recuperar el presente. Y aquí aparece una de las claves de la fortaleza mental: un gran deportista no es aquel que nunca falla, sino aquel que consigue que un error no se transforme innecesariamente en dos, tres o cinco errores más. La resiliencia comienza cuando el pasado deja de dirigir la próxima jugada.

— ¿Cómo se aplica la neuroplasticidad en el deporte?

 

— La neuroplasticidad es una de las bases fundamentales del aprendizaje deportivo: es la capacidad del cerebro para modificar su funcionamiento y reorganizar sus redes como consecuencia de la experiencia, la práctica y el entrenamiento. 

Cada vez que un deportista repite un gesto, aprende una estrategia, mejora una percepción o corrige una decisión, no está entrenando solamente músculos; está consolidando circuitos que permiten que esa respuesta sea progresivamente más eficiente, precisa y automática. 

Entrenar es, en buena medida, enseñarle al cerebro a resolver cada vez mejor las exigencias del deporte.

La neuroplasticidad no se limita al gesto motor. También podemos entrenar la atención, la anticipación, la velocidad para reconocer patrones, la toma de decisiones, el control inhibitorio y determinadas estrategias de regulación emocional. Incluso la práctica mental y la visualización pueden contribuir al aprendizaje cuando se integran adecuadamente con la práctica real. 

La clave está en comprender que el cerebro cambia en función de aquello que hacemos repetidamente: por eso no toda repetición produce excelencia; la repetición de calidad, con corrección, desafío progresivo y retroalimentación, es la que construye mejores patrones de respuesta.

Esto tiene una consecuencia extraordinaria para el deportista: su nivel actual no representa necesariamente su límite futuro. El cerebro conserva capacidad de adaptación y el entrenamiento puede utilizarla deliberadamente para preparar respuestas que todavía no están completamente desarrolladas. 

Podríamos expresarlo como EXPERIENCIA → REPETICIÓN → PLASTICIDAD → AUTOMATIZACIÓN → RENDIMIENTO. Por eso, desde las neurociencias, entrenar no es simplemente repetir lo que ya sabemos hacer: es provocar, de manera sistemática, las adaptaciones cerebrales que necesitaremos para hacer mañana aquello que hoy todavía no podemos hacer con la misma precisión, velocidad o eficacia.

 

—Respecto al deporte de alto rendimiento, ¿qué se puede decir en su vínculo con la neurociencia?

 

—En el deporte de alto rendimiento, el cerebro no espera siempre a que la consciencia analice completamente una situación para comenzar a responder. 

A través de miles de experiencias y repeticiones, aprende a reconocer patrones extremadamente sutiles en la postura, la trayectoria, la velocidad o la intención motora del adversario. 

Esa información permite anticipar probabilísticamente lo que está por ocurrir y preparar la respuesta antes de que aparezca una decisión plenamente consciente. El deportista experto no necesariamente piensa más rápido, su cerebro comienza a responder antes.

Esto explica por qué un tenista experimentado puede iniciar su desplazamiento cuando la pelota prácticamente acaba de salir de la raqueta del rival, o un arquero orientar su respuesta antes de que el penal haya completado su trayectoria. No se trata de adivinación ni de una capacidad misteriosa: el cerebro utiliza aprendizaje perceptivo, memoria implícita, reconocimiento de patrones y modelos predictivos construidos durante años de entrenamiento. 

Mientras la consciencia todavía está comprendiendo lo que sucede, el cerebro entrenado ya puede estar preparando lo que conviene hacer.

Por eso, uno de los objetivos más fascinantes del neuroentrenamiento deportivo es desarrollar un cerebro capaz de percibir antes, anticipar mejor y transformar información en acción con menor demora, incluso anticipándose. 

En la alta competencia, unas pocas décimas de segundo pueden separar una respuesta extraordinaria de una respuesta tardía. Y allí aparece una idea poderosa: la excelencia deportiva comienza cuando el cerebro deja de limitarse a reaccionar ante lo que ya ocurrió y aprende a utilizar las señales del presente para anticipar lo que probablemente ocurrirá después.




Fuente: RTS Noticias