El oficio de llevar y traer mensajes en otras épocas

El 14 de septiembre se celebra en Argentina el Día del Cartero, una jornada que reconoce la labor de quienes, durante generaciones, fueron los encargados de trasladar cartas, paquetes y mensajes a destino.

Valeria Elías

RTS Medios

La tecnología transformó por completo la manera en la que circulan las comunicaciones. El trabajo de los carteros sigue siendo clave para garantizar que cada envío llegue a destino. Su tarea, muchas veces silenciosa, se mantiene como un eslabón fundamental en la vida cotidiana. La fecha no es azarosa ya que se conmemora el origen de este oficio y la creación de los primeros servicios postales en el país, una tradición que aún hoy conserva vigencia.

 

 

Para conmemorar el día, RTS Medios dialogó con un cartero cuyas experiencias e historias valen la pena compartir.

 

 

El entrevistado se presenta: “Soy José Luis Ledesma, estuve más de 40 años como empleado de correos y más de 20 años fui dirigente gremial en Foecyt. Yo me sentí orgulloso de esta labor desde que entré como empleado al correo. Mi padre fue cartero y la imagen que tengo grabada en mi memoria es verlo llegar con su cartera, con su bicicleta y su uniforme. Eran muy diferentes a los de hoy, prácticamente parecían militares, con gorras y sobretodo. Haber trabajado el mismo oficio que mi padre, es todo un orgullo. Soy un tipo agradecido a Dios y al universo por mi oficio de cartero”.

 

 

Anécdotas y gajes del oficio

 

 

—Una vuelta, un abogado, todos los días, me pedía un aviso de retorno. Yo pensaba que era un juicio o algo de sus labores profesionales. Siempre le decía, «mirá, no llegó nada». Pero un sábado a la mañana estoy sentado en mi batea, acomodando el reparto, y aparece este aviso de retorno. Cuando salgo al reparto, llego a la casa del abogado, golpeo su puerta, no me atiende nadie, y como me había insistido tantas veces, por hacerle un favor se lo dejo bajo el portón del garage. Resulta que el tipo lo encuentra el lunes o martes, imaginate lo enojado que estaba conmigo. Se acercó hasta el correo, presentó una queja y a los gritos pedía que me echaran. Pasé un mal momento, agaché la cabeza y acepté el reto de mis jefes. Me sentí muy humillado. Pasaron los años y un día voy en bicicleta y un auto me encierra y frena, se baja corriendo el conductor y era el abogado. Dije, «este tipo me va a pegar». Pero no fue así. Me pidió de rodillas que si llegaba una carta de España se la entregase a él y no a la mujer. Le digo, «mirá, yo si llega, la tengo que entregar a la persona que sale de la casa. Le expliqué que no puedo volver con una correspondencia al correo sin justificativo. Por esto, todos los días me seguía en el auto y yo le respondía que «no me había llegado nada». Días después, paso por la puerta de su casa y estaba la esposa llorando. Ella me pidió que si llegaba una carta de España se la entregara. Evidentemente, me pareció que era un hecho de infidelidad de alguna de las partes. Yo no me quería meter en ese conflicto. Desde entonces, ella me esperaba siempre en la puerta. A las semanas siguientes aparece la carta, que tenía todo el borde de rayitas celestes, un detalle que delataba que venía del extranjero. Y efectivamente, la procedencia era España. Era la dirección de ellos, el apellido de ellos, «listo, llegó». Yo me preguntaba qué hago si están en la puerta los dos. La cuestión es que fui hasta el domicilio y no estaban ninguno

los dos. Entonces, la dejé en el buzón, como corresponde, y me fui. Dejé al universo que decidiera quién recibía la carta. La mujer me había contado que en esa carta llegaban confirmaciones de que su marido le había sido infiel toda la vida. La moraleja: cuando este hombre me humilló, me gritó, yo me tuve que tragar un mal momento; pero cuando tuve la oportunidad de hacerlo pedazos, no lo hice. Siempre me sentí orgulloso de mi forma de actuar, porque tuve la oportunidad de arruinarlo y no lo hice.  Le demostré a través del universo la grandeza de mi decisión, al no perjudicarlo, pero tampoco fui en contra de la señora, porque hasta el día de hoy sostengo que no me corresponde a mí decidir un futuro familiar. Ahí está la moraleja, nunca hay que pensar que no vas a necesitar de nadie el día de mañana. 

—También tengo una historia que la protagonizó mi papá, con la cual siento orgullo, tanto yo como mis hijos, que también son empleados telepostales. Mi papá siendo cartero encontró un maletín en un pasillo de una vivienda de Candioti Norte. Cuando volvió del reparto la abrió delante de los jefes y había muchísimo dinero. Llamaron a la policía, fueron a constatar y localizaron al propietario. Se trataba del dinero de una venta de una casa grandísima en la costanera, era muchísima plata y estaba en un maletín. Obviamente se enteró la prensa y salió en El litoral.  Publicaron el gesto de mi papá por devolver ese dinero. Fue muy valorable que ni siquiera tuviera la curiosidad de ver qué era lo que había. El propietario quería agradecerle a mi papá con dinero pero él no quiso, porque sostuvo «esa plata no era mía, ni un poquito, ni mucho, ni nada, hice lo que corresponde en la vida».Fue un gran ejemplo que nos dio a nosotros desde que éramos muy chiquitos, el cual yo transmití a mis hijos. Estas son historias del corazón, que te llegan. Es más, cada vez que la cuento me emociono. Más ahora que estoy más viejo. 


—Las costumbres que teníamos nosotros los carteros, para nuestro día es celebrarlo. En los últimos 20 años el gremio fue siempre muy condesciende con nosotros, nos pagó o nos colaboraba con los asados, y participaban, pero anteriormente nadie se acordaba. Hubo ocasiones que hasta el jefe de distrito del correo acá de Santa Fe se ha olvidado de bajar a saludarnos, así que mucho menos con la colaboración entonces, ¿Qué es lo que hacíamos? Se acostumbraba todos los años a pedir colaboración a la gente, porque el cartero tenía mucho vínculo con la sociedad, era amigo del carnicero, del panadero, del verdulero, entonces unos días antes íbamos comentarle, de alguna manera a manguear si podía colaborar con el día cartero, para que lo festejemos. Era así la sociedad, siempre colaboró el carnicero con el asado, otro con el pan, la bebida. Y con estas donaciones nos juntábamos a festejar el día del cartero. De esta forma nosotros sentíamos el reconocimiento de la sociedad para con nuestro servicio. Acá la anécdota: yo siempre ofrecía conseguir el hielo. Y claro, yo era cartero de la calle Suipacha, donde está Sentir. Y en ese entonces a la gente que se velaba se la mantenían en el hielo, sobre todo la que traían de algún otro lado. Entonces todo el mundo sabía de eso. Y yo me ofrecía a llevar el hielo y nadie quería que lo hiciera. 

Fuente: RTS Noticias