Las mujeres silenciadas de la revolución

Las mujeres que participaron del proceso de construcción nacional fueron silenciadas en los textos de la historia. Con el tiempo la revisión histórica reivindica a aquellas que resultaron participantes claves de los procesos revolucionarios.  

Valeria Elías

RTS Medios

En la línea histórica del tiempo, las mujeres han sido pilares fundamentales como agentes de cambio social, económico y científico. Aún por haber sufrido una constante invisibilización y restricciones, rompieron barreras en la ciencia, la política y la cultura, dejando legados que transformaron el mundo. Eran mujeres que pensaban y reflexionaban sobre el presente y futuro de su tierra, de la historia, de la política y el poder. Rosa García, profesora de Historia, en conversación en RTS Medios, compartió el recuerdo de estas destacadas mujeres. 

 

 

—¿La historia argentina también fue construida por mujeres que, dentro de su rol social, aportaron a las causas nacionales. ¿Quiénes son ellas?

 

 

—La historia argentina y americana fue cimentada por mujeres extraordinarias que desafiaron activamente los mandatos de su época. Durante mucho tiempo, la historiografía tradicional redujo sus figuras a meras anfitrionas de tertulias o donantes de joyas. Sin embargo, para comprender quiénes fueron, es necesario visibilizar que su participación política y militar abarcó una diversidad de roles que transformó las estructuras coloniales, actuando como combatientes, estrategas, espías, proveedoras y pensadoras.

Entre los nombres fundamentales rescatados del silencio se destacan Macacha Güemes y

Juana Moro, quienes en el Río de la Plata coordinaron redes de espionaje, mediaron en complejos conflictos políticos y organizaron la logística de la resistencia gaucha junto a Martín Miguel de Güemes. En los campos de batalla del Alto Perú, la figura de Juana Azurduy sobresale por su heroísmo al comandar tropas en el frente y planificar estrategias bélicas. Esta audacia militar conecta de manera directa con las gestas de heroínas indígenas precursoras del siglo XVIII, como Micaela Bastidas –quien organizó la gran

rebelión junto a Túpac Amaru II y renunció a todo por la libertad– y Bartolina Sisa, ambas poseedoras de una agudeza política excepcional. Asimismo, figuras continentales indispensables como Manuela Sáenz, Mariana Grajales, Leona Vicario y María Parado de Bellido demostraron la eficacia de la inteligencia femenina al transportar correspondencia secreta, aportar fondos y actuar como emisarias en misiones de altísimo riesgo,

aprovechando que los ejércitos realistas solían subestimar la capacidad de las mujeres.

Más allá de estas grandes figuras, existe una enorme masa anónima de ciudadanas, campesinas, indígenas y afrodescendientes. En las ciudades, ellas discutieron estrategias en la clandestinidad, financiaron campañas con sus dotes y organizaron actividades sociales lucrativas para la causa patriota. En la campaña, las denominadas soldaderas o «rabonas» habitaron fuertes y pulperías como vigías, además de sostener la supervivencia cotidiana de los ejércitos cocinando, lavando y curando heridos. Al mismo tiempo, en el

terreno de las ideas, activistas como Simona Manzaneda y Manuela Álvarez difundieron los ideales de libertad a través de la pluma y la palabra, proclamando tempranamente que la revolución no estaría completa hasta que fuesen reconocidas como ciudadanas de pleno derecho. El mayor logro de todas ellas fue el coraje de plantarse ante el mundo para afirmar, sostener y legitimar su propia agencia en el nacimiento de las nuevas naciones latinoamericanas.

 

—Posterior a estas revolucionarias surgieron otros movimientos ¿no?

 

 

—Posteriormente, la militancia se convirtió en el camino de la organización feminista y la conquista de la ciudadanía. A principios del siglo XX, emergieron en Argentina organizaciones fundamentales como el Centro de Universitarias Argentinas, el Centro Socialista Femenino, el Centro Feminista, la Liga de Mujeres Librepensadoras y la Unión de Mujeres Argentinas. Allí se destacaron pioneras como Cecilia Grierson, Elvira Rawson de Dellepiane, Julieta Lanteri, María Abella Ramírez, Alicia Moreau, Ernestina López de Nelson, Petrona Eyle, las hermanas Fenia, Adela y Mariana Chertkoff, Carolina Muzzilli y Juana Beguino.

Las universitarias tuvieron que pelear su condición en instituciones androcéntricas: Élida Passo se graduó como farmacéutica en 1885; Cecilia Grierson egresó como la primera médica en 1889; Petrona Eyle revalidó en 1893 su título obtenido en Suiza; y Elvira López presentó su tesis sobre feminismo en 1901, doctorándose en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. En paralelo, figuras como Pascuala Cueto, integrante de la

Liga de Educación Laica, alentaron experiencias innovadoras de coeducación fuera de la propuesta estatal.

Este estallido de organización femenina se replicó con fuerza obrera a nivel continental. En Guayaquil se fundó el Grupo de Obreras Rosa Luxemburgo (1922); en Cuba, la Unión Laborista de Mujeres se enfrentó a la dictadura de Machado (1928); y en Puerto Rico se erigió la Asociación Feminista Popular, presidida por la dirigente tabaquera Franca de Armiño. En Bolivia nació la Federación Obrera Femenina de La Paz (1927). Chile vio nacer la Sociedad de Obreras de Valparaíso (1887), fundada por las costureras del Taller Casa Gunther bajo la presidencia de Micaela Cáceres de Gamboa, seguida por la Sociedad de Socorros Mutuos «Emancipación de la mujer» (1888), presidida por Juana Roldán de Escobar. Más tarde surgieron la Federación Cosmopolita de Obreras en Resistencia (1903), liderada por Clotilde Ibaceta, y la Asociación de Costureras «Protección, ahorro y defensa» (1906), presidida por Esther Valdez. En este movimiento obrero chileno descolló Carmela Jeria, editora de La Alborada, quien denunciaba —en sintonía con Flora Tristán en el Perú del siglo XIX— que toda libertad anhelada sería un fantasma mientras la mitad del género humano viviera en humillante esclavitud. Asimismo, María Cano, «la flor del trabajo», se puso de pie en Colombia para resistir al imperialismo y convocar a la agitación social con su célebre arenga: «¡Compañeros en pie! ¡Listos a defendernos! ¡Seamos un solo corazón, un solo brazo!»

—¿Por qué en aquella época las mujeres no tenían tanto protagonismo a pesar de sus aportes o contribución a las causas?


—Es necesario aclarar que el protagonismo femenino existió, aunque en una escala distinta a la de períodos posteriores. Que sus monumentales aportes quedaran al margen de los relatos oficiales no se debió a una ausencia de capacidad o de mérito, sino a que el mundo se organizaba bajo un estricto orden social patriarcal. Sobre la diferencia biológica de los géneros se construyó deliberadamente una desigualdad política, material y simbólica.

En aquellos siglos, los marcos conceptuales tradicionales eran profundamente androcéntricos y excluían la posibilidad de que las mujeres fueran reconocidas como sujetas de derecho, agentes del conocimiento o protagonistas históricas. La ciencia, la política y la narrativa se escribieron desde un punto de vista heteropatriarcal que legitimaba «científicamente» la subordinación femenina, convirtiendo en una supuesta verdad obvia que el espacio público y el poder pertenecían exclusivamente a los varones.

Las miradas sesgadas del sexismo invisibilizaron sus obras y borraron sus firmas, porque reconocer su agencia militar, intelectual o logística habría significado resquebrajar el paradigma que sostenía la dominación masculina. El género operaba como una pauta de reclusión hacia el ámbito privado y doméstico. Para comprender este silenciamiento, se debe desnaturalizar ese sesgo y reconocer la complejidad de una estructura que cruzaba géneros, etnias y clases para homogeneizar a los sujetos subalternizados. Este

ocultamiento fue un mecanismo de poder indispensable para sostener un orden que hoy, gracias a las tradiciones críticas y la deconstrucción feminista, muestra sus profundas fisuras.


—¿Qué podemos destacar de las personalidades de estas mujeres?


—Lo primero que sobresale en su personalidad es una determinación inquebrantable frente a una cultura del encierro secular. Para transitar de objeto confinado en el hogar, el convento o el asilo a sujeto con iniciativa propia, estas mujeres desarrollaron una fuerza psicológica y una resiliencia monumentales. Decidir habitar y reclamar el espacio público no era una simple elección de vida, sino un acto de profunda rebeldía con un altísimo costo social.

Esta audacia forjó personalidades caracterizadas por el heroísmo y el pensamiento estratégico. Lejos de ser pasivas, asumieron roles cruciales y peligrosos: desde combatir en el frente y ejercer la enfermería en condiciones extremas, hasta contrabandear armas e infiltrar las filas enemigas como espías, aprovechando que la sociedad las creía inofensivas.

Esta militancia clandestina da cuenta de una agudeza política y una valentía excepcionales. Asimismo, su temperamento se caracterizó por una audacia intelectual disruptiva que rompió el mandato del silencio, un rol tradicionalmente romantizado por la sociedad de la época. Frente al dictado que pretendía que hablar y actuar en lo público era asunto exclusivo de hombres, ellas hicieron estallar su palabra y su acción a través de la literatura, el periodismo, el activismo y las primeras protestas organizadas. Lo hicieron con una fuerza que el orden establecido leyó como una amenaza, pero que reflejaba un carácter apasionado que se negaba a la invisibilidad.

Finalmente, el rasgo más revolucionario de su personalidad fue la búsqueda activa de la autonomía y ciudadanía. Pasaron de la conciencia de la exclusión a la urgencia de definirse a sí mismas a través de la entrega y la rebelión. Su mayor atributo fue el coraje de plantarse ante el mundo para afirmar un «Soy» propio, rompiendo los sesgos de una historia que pretendía naturalizar su ausencia. Entendieron antes que nadie que adueñarse de la palabra pública y del accionar político era la llave real para conquistar todos sus derechos.


—En el contexto histórico que correspondía a cada una, ¿qué hubiera significado no darles la posibilidad de intervenir y hacer lo propio en la causa?


—Negarles la posibilidad de intervenir habría significado una pérdida catastrófica y multidimensional para los procesos de emancipación y organización social. No se hubiese tratado simplemente de privar a los movimientos de un apoyo secundario, sino de arrebatarles componentes estratégicos, logísticos e ideológicos vitales sin los cuales los desenlaces históricos habrían sido imposibles.

En el contexto de las guerras de independencia, obturar la participación de las mujeres habría quebrado de inmediato la estructura de inteligencia y supervivencia de los ejércitos patriotas. En una guerra de recursos escasos y asimetría militar frente a las coronas europeas, las redes urbanas de espionaje que ellas lideraban y la logística de abastecimiento y cuidado que las campesinas y las «rabonas» garantizaban en la campaña

eran el verdadero sostén de las tropas. Quitar del mapa a líderes como Juana Azurduy o Micaela Bastidas no solo hubiera restado fuerzas en el frente, sino que habría despojado a las rebeliones de conducciones capaces de movilizar a miles de indígenas, criollas y mestizas bajo una mística de entrega absoluta. Su exclusión forzada habría sentenciado al fracaso a muchos frentes revolucionarios por desabastecimiento e ignorancia de los movimientos del enemigo.

Las nuevas repúblicas habrían nacido ciegas ante las brutales condiciones de explotación de la mitad de la población. Negarles el acceso a la vida pública, a la política, a las universidades y a la organización sindical habría perpetuado una sociedad donde la educación, la salud pública y la legislación laboral carecieran de una perspectiva de equidad elemental. Cualquier promesa de libertad del pueblo habría sido una estructura vacía si se mantenía a las mujeres en la esclavitud civil y laboral. En un mundo que justificaba la subordinación femenina como un hecho natural, su intervención fue el motor que agrietó los paradigmas androcéntricos. Si las mujeres se hubieran resignado a la reclusión doméstica, las revoluciones americanas y las luchas sociales habrían sido procesos incompletos, construidos únicamente desde y para el poder masculino. Impedir su acción no solo hubiera retrasado por décadas la conquista de los derechos civiles, sino que habría privado a las generaciones futuras del legado de audacia, pensamiento crítico y dignidad colectiva necesario para deconstruir las desigualdades del presente.

Fuente: RTS Noticias